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"La columna del hermano José" - 5 new articles

  1. SU CRUZ ERA TAN PESADA COMO LA NOCHE DE LAS PERSONAS ABANDONADAS
  2. «EL MAYOR PECADO DE JUDAS NO FUE TRAICIONAR A JESÚS, SINO HABER DUDADO DE SU MISERICORDIA»
  3. LA HISTORIA DE ENRIQUE VIII LE «DESCUBRIÓ» LA IGLESIA
  4. DESCANSA DULCEMENTE
  5. MARÍA ES LA PRIMERA PARTÍCIPE DE TODO EL SACRIFICIO
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SU CRUZ ERA TAN PESADA COMO LA NOCHE DE LAS PERSONAS ABANDONADAS



Papa Francesco nel suo intervento ha ricordato i malati: «Era una croce pesante come la notte delle persone abbandonate. Tuttavia davanti alla croce di Gesù tocchiamo con mano quanto siamo amati e ci sentiamo figli».

En el Viacrucis del Viernes Santo de este año no estaba previsto que el Papa interviniese al término de las catorce estaciones. Así lo había anunciado el portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi, aun sin negar la posibilidad de que finalmente Francisco decidiese dirigir unas palabras a los fieles.

Y así lo hizo, con un pequeño mensaje para las más de cuarenta mil personas que abarrotaban el Coliseo. Una asistencia que, como anticiparon las autoridades, triplicó la del año anterior, lo que obligó a cerrar al tráfico los Foros, así como la cercana estación de suburbano.

"Su Cruz era tan pesada como la noche de las personas abandonadas. Ante la Cruz de Jesús palpamos cuánto hemos sido amados, y nos sentimos hijos", dijo Francisco, en consonancia con la especial dedicación del Via Crucis de este año a los marginados. "El mal no tendrá la última palabra, sino el amor, la misericordia y el perdón", concluyó, antes de recordar a "los enfermos" y "a todas las personas abandonadas bajo el peso de la cruz".

A las 21.25 comenzó el acto, con el Papa situado sobre la muralla del Monte Palatino y una cruz de madera cargada por distintas personas, entre las que se incluyeron drogadictos, mendigos y presos, en consonancia con el carácter fuertemente social que tenían las meditaciones, preparadas por el arzobispo de Campobasso-Boiano, Giancarlo Bregantini (conocido por su lucha en contra de la mafia), bajo el título En el rostro del hombre sufridor está el perfil de Cristo. Pincha aquí para leer el texto completo de las meditaciones.

"Todo el Viacrucis está caracterizado por una duplicidad: el dolor y la esperanza, las lágrimas y quien las seca, la experiencia del drama y la de la valentía", había explicado Bregantini en declaraciones a Radio Vaticana.

Las meditaciones fueron leídas por la célebre actriz italiana de los años 60 y 70 Virna Lisi, quien hizo un ejercicio particularmente brillante de declamación, y por el periodista Orazio Coclite, con la voz de Simona de Santis como guía de la oración.

    


«EL MAYOR PECADO DE JUDAS NO FUE TRAICIONAR A JESÚS, SINO HABER DUDADO DE SU MISERICORDIA»


Cantalamessa, predicador pontificio, en San Pedro.

Francisco presidió este Viernes Santo por la tarde en la Basílica de San Pedro la celebración de la Pasión y Muerte de Jesús, con el acto central de la adoración de la Cruz y la lectura cantada de la Pasión según San Juan. Es el único día del año en el que los sacerdotes no celebran misa, y durante la ceremonia el Papa, con paramentos rojos, se tiende en el suelo en la nave central en un momento de oración y penitencia, mientras una cruz cubierta con una tela roja preside el altar mayor.

Es también el único día del año en el que se hace una genuflexión ante la Cruz, habitualmente reservada al Santísimo. Y antes de que los cardenales pasasen ante la que se mostró este viernes en San Pedro para besarle los pies, lo hizo Francisco, pero con la peculiaridad de hacerlo sobre el pecho de Jesús, en la lanzada de la que brotaron sangre y agua y símbolo por excelencia de su Misericordia, que habían sido tema central de la homilía.

La predicación correspondió al predicador pontificio desde 1980, el capuchino Raniero Cantalamessa, quien la centró en la figura de Judas Iscariote, el apóstol que traicionó a Jesús. "La primitiva comunidad cristiana reflexionó mucho sobre el asunto y nosotros haríamos mal a no hacer lo mismo. Tiene mucho que decirnos", dijo.

El padre Cantalamessa destacó que Judas ni nació traidor ni lo era en el momento en el que fue elegido como uno de los Doce: "¡Llegó a serlo! Estamos ante uno de los dramas más sombríos de la libertad humana".

El predicador pontificio recordó (y citó, por ejemplo, Jesucristo Superstar) que "en años no lejanos, cuando estaba de moda la tesis del Jesús «revolucionario», se trató de dar a su gesto motivaciones ideales". Pero lo cierto es que "los evangelios —las únicas fuentes fiables que tenemos sobre el personaje— hablan de un motivo mucho más a ras de tierra: el dinero". Y el mismo San Juan le llama "ladrón" porque cogía dinero de la bolsa.

EL DINERO, ANTI-DIOS

Así que la primera parte de la meditación del padre Cantalamessa versó sobre "Mammona, el dinero", que "no es uno de tantos ídolos; es el ídolo por antonomasia... Mammona es el anti-dios porque crea un universo espiritual alternativo, cambia el objeto a las virtudes teologales. Fe, esperanza y caridad ya no se ponen en Dios, sino en el dinero".

El fraile capuchino citó, entre los males de la sociedad actual que tienen su raíz en el dinero, el tráfico de drogas, la prostitución, la mafia, la venta de órganos extirpados a niños, la corrupción política, la crisis financiera: "Judas empezó sustrayendo algún dinero de la caja común. ¿No dice esto nada a algunos administradores del dinero público?".

Y a estos actos puramente criminales, añadió otro de otra naturaleza: "¿No es ya escandaloso que algunos perciban sueldos y pensiones cien veces superiores a los de quienes trabajan en sus dependencias y que levanten la voz en cuanto se apunta la posibilidad de tener que renunciar a algo, de cara a una mayor justicia social?".

"Como todos los ídolos, el dinero es «falso y mentiroso»: promete la seguridad y, sin embargo, la quita; promete libertad y, en cambio, la destruye", concluyó Cantalamessa esta parte de su predicación.
Sin embargo, la traición de Judas, por dinero, no prefigura sólo las traiciones a Jesús por dinero: "Traiciona a Cristo quien traiciona a su esposa o a su marido. Traiciona a Jesús el ministro de Dios infiel a su estado, o quien, en lugar de apacentar el rebaño que se la confiado se apacienta a sí mismo. Traiciona a Jesús todo el que traiciona su conciencia".

LO QUE DIFERENCIA A JUDAS DE PEDRO
Seguidamente, Cantalamessa habló sobre el final de Judas, su desesperación y suicidio. Aunque dejó abierta la posibilidad de su salvación: "Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios".
Y recordó que también Pedro traicionó a Cristo: "¿Dónde está, entonces, la diferencia? En una sola cosa: Pedro tuvo confianza en la misericordia de Cristo, ¡Judas no! El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia".

Por último, en línea con la constante predicación de Francisco, apuntó a frecuentar el sacramento de la Penitencia: "Si lo hemos imitado [a Judas], quien más quien menos, en la traición, no lo imitemos en esta falta de confianza suya en el perdón. Existe un sacramento en el que es posible hacer una experiencia segura de la misericordia de Cristo: el sacramento de la reconciliación. ¡Qué bello es este sacramento!", concluyó.

TEXTO ÍNTEGRO DE LA PREDICACIÓN DEL PADRE RANIERO CANTALAMESSA
Viernes Santo, 2014, Basílica de San Pedro
"Estaba también con ellos Judas, el traidor"

Dentro de la historia divino-humana de la pasión de Jesús hay muchas pequeñas historias de hombres y mujeres que han entrado en el radio de su luz o de su sombra. La más trágica de ellas es la de Judas Iscariote. Es uno de los pocos hechos atestiguados, con igual relieve, por los cuatro evangelios y por el resto del Nuevo Testamento. La primitiva comunidad cristiana reflexionó mucho sobre el asunto y nosotros haríamos mal en no hacer lo mismo. Tiene mucho que decirnos.

Judas fue elegido desde la primera hora para ser uno de los doce. Al insertar su nombre en la lista de los apóstoles, el evangelista Lucas escribe: «Judas Iscariote que se convirtió (egeneto) en el traidor» (Lc 6, 16). Por lo tanto, Judas no había nacido traidor y no lo era en el momento de ser elegido por Jesús; ¡llegó a serlo! Estamos ante uno de los dramas más sombríos de la libertad humana.

¿Por qué llegó a serlo? En años no lejanos, cuando estaba de moda la tesis del Jesús «revolucionario», se trató de dar a su gesto motivaciones ideales. Alguien vio en su sobrenombre de «Iscariote» una deformación de «sicariote», es decir, perteneciente al grupo de los zelotas extremistas que actuaban como «sicarios» contra los romanos; otros pensaron que Judas estaba decepcionado por la manera en que Jesús llevaba adelante su idea de «reino de Dios» y que quería forzarle para que actuara también en el plano político contra los paganos. Es el Judas del célebre musical «Jesucristo Superstar» y de otros espectáculos y novelas recientes. Un Judas que se aproxima a otro célebre traidor del propio bienhechor: ¡Bruto que mató a Julio César para salvar la República!

Son todas construcciones que se deben respetar cuando revisten alguna dignidad literaria o artística, pero no tienen ningún fundamento histórico. Los evangelios —únicas fuentes fiables que tenemos sobre el personaje— hablan de un motivo mucho más a ras de tierra: el dinero. A Judas se le confió la bolsa común del grupo; con ocasión de la unción de Betania había protestado contra el despilfarro del perfume precioso derramado por María sobre los pies de Jesús, no porque le importaran los pobres —hace notar Juan—, sino porque «era un ladrón y, puesto que tenía la caja, cogía lo que echaban dentro» (Jn 12,6). Su propuesta a los jefes de los sacerdotes es explícita: «¿Cuanto estáis dispuestos a darme, si os lo entrego? Y ellos fijaron treinta siclos de plata» (Mt 26, 15).

* * *

Pero, ¿por qué extrañarse de esta explicación y encontrarla demasiado banal? ¿Acaso no ha sido casi siempre así en la historia y no es todavía hoy así? Mammona, el dinero, no es uno de tantos ídolos; es el ídolo por antonomasia; literalmente, «el ídolo de metal fundido» (cf. Éx 34,17). Y se entiende el porqué. ¿Quién es, objetivamente, si no subjetivamente (es decir, en los hechos, no en las intenciones), el verdadero enemigo, el competidor de Dios, en este mundo? ¿Satanás? Pero ningún hombre decide servir, sin motivo, a Satanás. Quien lo hace, lo hace porque cree obtener de él algún poder o algún beneficio temporal. Jesús nos dice claramente quién es, en los hechos, el otro amo, al anti-Dios: «Nadie puede servir a dos amos: no podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). El dinero es el «Dios visible» , a diferencia del Dios verdadero que es invisible.

EL dinero es el anti-dios porque crea un universo espiritual alternativo, cambia el objeto a las virtudes teologales. Fe, esperanza y caridad ya no se ponen en Dios, sino en el dinero. Se opera una siniestra inversión de todos los valores. «Todo es posible para el que cree», dice la Escritura (Mc 9,23); pero el mundo dice: «Todo es posible para quien tiene dinero». Y, en un cierto nivel, todos los hechos parecen darle la razón.

«El apego al dinero —dice la Escritura— es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Detrás de todo el mal de nuestra sociedad está el dinero o, al menos, está también el dinero. Es el Moloch de bíblica memoria, divinidad filistea a la que se le inmolaban jóvenes y niñas (cf. Jer 32,35), o el dios Azteca, al que había que ofrecer diariamente un cierto número de corazones humanos.

¿Qué hay detrás del comercio de la droga que destruye tantas vidas humanas jóvenes, la prostitución, detrás del fenómeno de la mafia y de la camorra, la corrupción política, la fabricación y el comercio de armas, e incluso —cosa que resulta horrible decirlo— a la venta de órganos humanos extirpados a niños? Y la crisis financiera que el mundo ha atravesado, y este país está aún atravesando, ¿no es debida en buena parte a la «detestable codicia de dinero», la auri sacra fames , por parte de algunos pocos? Judas empezó sustrayendo algún dinero de la caja común. ¿No dice esto nada a algunos administradores del dinero público?

Pero, sin pensar en estos modos criminales de acumular dinero, ¿no es ya escandaloso que algunos perciban sueldos y pensiones cien veces superiores a los de quienes trabajan en sus dependencias y que levanten la voz en cuanto se apunta la posibilidad de tener que renunciar a algo, de cara a una mayor justicia social?
En los años 70 y 80, para explicar, en Italia, los repentinos cambios políticos, los juegos ocultos de poder, el terrorismo y los misterios de todo tipo que afligían a la convivencia civil, se fue afirmando la idea, casi mítica, de la existencia de un «gran Anciano»: un personaje espabiladísmo y poderoso, que por detrás de los bastidores habría movido los hilos de todo, para fines que sólo él conocía. Este «gran Anciano» existe realmente, no es un mito; ¡se llama Dinero!

Como todos los ídolos, el dinero es «falso y mentiroso»: promete la seguridad y, sin embargo, la quita; promete libertad y, en cambio, la destruye. San Francisco de Asís describe, con una severidad inusual en él, el final de una persona que vivió sólo para aumentar su «capital». Se aproxima la muerte; se hace venir al sacerdote. Éste pide al moribundo: «¿Quieres el perdón de todos tus pecados?», y él responde que sí. Y el sacerdote: «¡Estás dispuesto a satisfacer los errores cometidos, devolviendo las cosas que has estafado a otros?» Y él: «No puedo». «¿Por qué no puedes?» «Porque ya he dejado todo en manos de mis parientes y amigos». Y así muere —concluye san Francisco—, impenitente y apenas muerto los parientes y amigos dicen entre sí: «¡Maldita alma la suya! Podía ganar más y dejárnoslo, y no lo ha hecho!»

Cuántas veces, en estos tiempos, hemos tenido que repensar ese grito dirigido por Jesús al rico de la parábola que había almacenado bienes sin fin y se sentía al seguro para el resto de la vida: «Insensato, esta misma noche se te pedirá el alma; y lo que has preparado, ¿de quién será?» (Lc 12,20)! Hombres colocados en puestos de responsabilidad que ya no sabían en qué banco o paraíso fiscal almacenar los ingresos de su corrupción se han encontrado en el banquillo de los imputados, o en la celda de una prisión, precisamente cuando estaban para decirse a sí mismos: «Ahora gózate, alma mía». ¿Para quién lo han hecho? ¿Valía la pena? ¿Han hecho realmente el bien de los hijos y la familia, o del partido, si es eso lo que buscaban? ¿O más bien se han arruinado a sí mismos y a los demás?

* * *

La traición de Judas continua en la historia y el traicionado es siempre él, Jesús. Judas vendió a la cabeza, sus imitadores venden su cuerpo, porque los pobres son miembros de Cristo, lo sepan o no. «Todo lo que hagáis con uno solo de estos mis hermanos más pequeños, me lo habéis hecho a mí» (Mt 25,40). Pero la traición de Judas no continúa sólo en los casos clamorosos que he mencionado. Pensarlo sería cómodo para nosotros, pero no es así. Sigue siendo famosa la homilía que tuvo en un Jueves Santo don Primo Mazzolari sobre «Nuestro hermano Judas». «Dejad —decía a los pocos feligreses que tenía delante—, que yo piense por un momento en el Judas que tengo dentro de mí, en el Judas que quizás también vosotros tenéis dentro».

Se puede traicionar a Jesús también por otros géneros de recompensa que no sean los treinta denarios de plata. Traiciona a Cristo quien traiciona a su esposa o a su marido. Traiciona a Jesús el ministro de Dios infiel a su estado, o quien, en lugar de apacentar el rebaño que se la confiado se apacienta a sí mismo. Traiciona a Jesús todo el que traiciona su conciencia. Puedo traicionarlo yo también, en este momento —y la cosa me hace temblar interiormente— si mientras predico sobre Judas me preocupo de la aprobación del auditorio más que de participar en la inmensa pena del Salvador. Judas tenía un atenuante que yo no tengo. Él no sabía quién era Jesús, lo consideraba sólo «un hombre justo»; no sabía que era el Hijo de Dios, como lo sabemos nosotros.

Como cada año, en la inminencia de la Pascua, he querido escuchar de nuevo la «Pasión según san Mateo», de Bach. Hay un detalle que cada vez me hace estremecerme. Allí, en el anuncio de la traición de Judas, todos los apóstoles preguntan a Jesús: «¿Acaso soy yo, Señor?» «Herr, bin ich’s?» Sin embargo, antes de escuchar la respuesta de Cristo, anulando toda distancia entre acontecimiento y su conmemoración, el compositor inserta una coral que comienza así: «¡Soy yo, soy yo el traidor! ¡Yo debo hacer penitencia!», «Ich bin´s, ich sollte büßen» . Como todas las corales de esa obra, expresa los sentimientos del pueblo que escucha; es una invitación para que también nosotros hagamos nuestra confesión del pecado.

* * *

El Evangelio describe el fin horrible de Judas: «Judas, que lo había traicionado, viendo que Jesús había sido condenado, se arrepintió, y devolvió los treinta siclos de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos, diciendo: He pecado, entregándoos sangre inocente. Pero ellos dijeron: ¿Qué nos importa? Allá tú. Y él, arrojados los siclos en el templo, se alejó y fue a ahorcarse» (Mt 27, 3-5). Pero no demos un juicio apresurado. Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios.


¿Quién puede decir lo que pasó en su alma en esos últimos instantes? «Amigo», fue la última palabra que le dirigió Jesús y él no podía haberla olvidado, como no podía haber olvidado su mirada.

Es cierto que, hablando de sus discípulos al Padre, Jesús había dicho de Judas: «Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición» (Jn 17,12), pero aquí, como en muchos otros casos, él habla en la perspectiva del tiempo, no de la eternidad; la envergadura del hecho basta por sí sola, sin pensar en un fracaso eterno, para explicar la otra tremenda palabra dicha de Judas: «Mejor hubiera sido para ese hombre no haber nacido» (Mc 14,21). El destino eterno de la criatura es un secreto inviolable de Dios. La Iglesia nos asegura que un hombre o una mujer proclamados santos están en la bienaventuranza eterna; pero ella misma no sabe de nadie que esté en el infierno.

Dante Alighieri que, en la Divina Comedia, sitúa a Judas en lo profundo del infierno, narra la conversión en el último instante de Manfredi, hijo de Federico II y rey de Sicilia, al que todos en su tiempo consideraban condenado porque murió excomulgado Herido de muerte en batalla, él confía al poeta que, en el último instante de vida, se rindió llorando a quien «perdona con gusto» y desde el purgatorio envía a la tierra este mensaje que vale también para nosotros:

Horribles fueron los pecados míos;  pero la bondad infinita tiene tan grandes brazos,  que toma a quien se dirige a ella .

* * *

He aquí a lo que debe empujarnos la historia de nuestro hermano Judas: a rendirnos a aquel que perdona gustosamente, a arrojarnos, también nosotros, en los brazos abiertos del crucificado. Lo más grande en el asunto de Judas no es su traición, sino la respuesta que Jesús da. Él sabía bien lo que estaba madurando en el corazón de su discípulo; pero no lo expone, quiere darle la posibilidad hasta el final de dar marcha atrás, casi lo protege. Sabe a lo que ha venido, pero no rechaza, en el Huerto de los Olivos, su beso helado e incluso lo llama amigo (Mt 26,50). Igual que buscó el rostro de Pedro tras la negación para darle su perdón, ¡quién sabe como habrá buscado también el de Judas en algún momento de su vía crucis! Cuando en la cruz reza: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), no excluye ciertamente de ellos a Judas.

¿Qué haremos, pues, nosotros? ¿A quién seguiremos, a Judas o a Pedro? Pedro tuvo remordimiento de lo que había hecho, pero también Judas tuvo remordimiento, hasta el punto que gritó: «¡He traicionado sangre inocente!», y restituyó los treinta denarios. ¿Dónde está, entonces, la diferencia? En una sola cosa: Pedro tuvo confianza en la misericordia de Cristo, ¡Judas no! El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia.

Si lo hemos imitado, quien más quien menos, en la traición, no lo imitemos en esta falta de confianza suya en el perdón. Existe un sacramento en el que es posible hacer una experiencia segura de la misericordia de Cristo: el sacramento de la reconciliación. ¡Qué bello es este sacramento! Es dulce experimentar a Jesús como maestro, como Señor, pero más dulce aún experimentarlo como Redentor: como aquel que te saca fuera del abismo, como a Pedro del mar, que te toca, como hizo con el leproso, y te dice: «¡Lo quiero, queda curado!» (Mt 8,3).
La confesión nos permite experimentar sobre nosotros lo que la Iglesia canta la noche de Pascua en el Exultet: «¡Oh, feliz culpa, que mereció tal Redentor!» Jesús sabe hacer, de todas las culpas humanas, una vez que nos hemos arrepentidos, «felices culpas», culpas que ya no se recuerdan si no por haber sido ocasión de experiencia de misericordia y de ternura divinas!

Tengo un deseo que hacerme y haceros a todos, Venerables Padres, hermanos y hermanas: que la mañana de Pascua podamos levantarnos y oír resonar en nuestro corazón las palabras de un gran converso de nuestro tiempo:

«Dios mío, he resucitado y estoy aún contigo! Dormía y estaba tumbado como un muerto en la noche. Dijiste: «¡Hágase la luz! ¡Y yo me desperté como se lanza un grito! [...] Padre mío que me has generado antes de la aurora, estoy en tu presencia. Mi corazón está libre y la boca pelada, cuerpo y espíritu estoy en ayunas. Estoy absuelto de todos los pecados, que confesé uno a uno. El anillo nupcial está en mi dedo y mi rostro está limpio. Soy como un ser inocente en la gracia que me has concedido» .

Es lo que la Pascua de Cristo puede hacer de nosotros.

    

LA HISTORIA DE ENRIQUE VIII LE «DESCUBRIÓ» LA IGLESIA



«Encontré la felicidad en el lugar que menos esperaba»

Ella misma sintetiza y titula así su caso en Aleteia: "Era pagana, hedonista, feminista que odiaba a los hombres. Pero ahora soy católica. Ésta es mi historia. Cómo encontré la felicidad en el lugar que menos esperaba".

UNA INFANCIA DURÍSIMA

Catherine Quinn, técnico de laboratorio, casada desde hace cuatro años y madre de un hijo, tuvo una infancia realmente dura. A los nueve años la sacaron de su casa "por un abuso terrible" (tan terrible que no lo describe) y, tras pasar ocho meses en un orfanato, estuvo acogida con una familia hasta que cumplió los doce y los tribunales devolvieron a su madre la custodia.

Hasta entonces, su formación religiosa era nula: "Al crecer, no estuve expuesta a Dios ni a la Iglesia católica. Sabía que mis abuelos eran católicos, pero nadie nos habló de ello y ni siquiera sabía qué era eso de católico".

JESÚS APARECE POR PRIMERA VEZ

Un día, ya de nuevo en su hogar de origen, se encontró con un grupo cristiano en el parque: "No me dijeron nada, simplemente me invitaron a la iglesia. Es curioso, pero fui. Conocí a la esposa del pastor, y ella me habló de Jesús. Por entonces no sabía qué era ser protestante ni tampoco qué era ser ateo, pero cuando volví a casa y le hablé a mi madre de Jesús, descubrí enseguida que a ella Dios no le gustaba lo más mínimo".

Catherine, sin embargo, a pesar de que se reían de ella, siguió yendo a la iglesia: "Me fascinaba, y me sentía feliz en Dios y tenía esperanza de dejar atrás mis malas experiencias en casa".

Cuando cumplió 14 años ("sin previo aviso, sin poder despedirme de mis amigos ni de la iglesia que amaba") la devolvieron a casa de su padre: "Mi madre no quería ser una madre". Pero en su nuevo destino no tenía ni amigos ni iglesia... "y el abuso continuó, llegando a ser abuso sexual".

"Eso me cambió. Me enfadé con Dios por no atender mis oraciones, por no ayudarme. De nuevo era desdichada. A los 17 años me escapé", resume Catherine.

LA ESPIRAL DESTRUCTIVA DEL FEMINISMO
Fue así como se introdujo en un grupo que creía en "deidades paganas" y la adoctrinaron en la "ideología feminista": "Entre ellos nunca sentí la alegría que había sentido con Jesús, pero me informaron de que Él no existía. El cristianismo era una falsa religión construida sobre la fe pagana y que despojaba de sus derechos a las mujeres y las odiaba. Los católicos, alegaban, eran los peores criminales. Me remitieron a autoras como Simone de Beauvoir, Gloria Steinem o Camille Paglia".

Para ella empezó entonces "una larga espiral destructiva": "No existía ninguna ley moral real, sólo no hagas daño a nadie y haz lo que te plazca. Todo era admisible, sin límites: homosexualidad, inmoralidad sexual, anticoncepción, aborto... Los estilos de vida tradicionales eran despreciados. Las mujeres no se apoyaban entre sí, sino que se imponían unas a otras según una regla matriarcal. Los hombres eran prescindibles. El divorcio, las relaciones abiertas y un montón de otras opciones eran la norma. No se tenían en cuenta las consecuencias de nada, no había reglas, no se te pedía nada. Era un paraíso hedonista".

Catherine siguió este camino durante diecisiete años, no practicando todo lo que veía, pero sí viéndolo normal. A los 34 conoció los escritos de la ideóloga feminista Margaret Sanger: "Me pusieron enferma. Yo realmente nunca había estado de acuerdo con la anticoncepción o el aborto. La eugenesia o el desprecio a las mujeres que querían quedarse con sus hijos iban contra mi forma de pensar. Entonces empecé a desconectar poco a poco", porque además ya veía que continuando con esa gente empezaba a "creerse las mentiras", con "desastrosas consecuencias": "Para mi alma, tanto como para mi salud mental y emocional".

Mirando atrás en su vida, veía que no era feliz y se sentía sola: "A mi alrededor, nadie parecía realmente amar a nadie. Todo eran riñas, ego, cada una pensando en sí misma. Empecé a cuestionarme el ideal feminista. Recordé con tristeza mi época con Jesús como niña y qué feliz era a pesar de las circunstancias que me rodeaban. Ahora tenía muchos derechos, pero me sentía miserable sola".

Había desarrollado odio a los hombres, al patriarcalismo, y a todo lo que pensaba que representaban los católicos: "Creía que eran opresores de la mujer, lo peor, a quienes me habia juramentado no acercarme".

JESÚS APARECE POR SEGUNDA VEZ... VÍA ENRIQUE VIII

Fue justo entonces cuando, como parte de su interés por la Historia, empezó a leer sobre el rey Enrique VIII, y le chocó que su esposa, Catalina de Aragón, soportase su comportamiento: "Descubrí que era católica y me pregunté por qué era tan leal a una Iglesia opresora que odiaba a las mujeres".

Investigó sobre la Iglesia: "Me sorprendió que sus enseñanzas sobre justicia social, anticoncepción o aborto me gustasen. También me sorprendió descubrir su visión sobre María, sobre las mujeres y sobre la importancia de la familia tradicional. Empecé a sentir algo que no podía describir, pero... me resistía. Y luego, estaba Jesús en el centro de todo. Me sentí exultante de saber que allí sí existía".

Sin darse cuenta, había pasado un año y había ido dejando atrás su mundo anterior. "Finalmente decidí descubrir qué era realmente una misa. Durante todo aquel año me había pasado mirando la iglesia católica que había al final de mi calle, pero sin pisarla. Esta vez entré, justo cuando iba a empezar la misa. Era la Semana Santa de 2011. Asistí, fascinada. Tuve que aguantarme mis lágrimas y mis emociones. Volvía a sentir aquella vieja atracción".

EL CATECUMENADO
Catherine volvió a casa y siguió preguntándose cosas: "Finalmente un día acudí al edificio que había detrás de la iglesia y a la mujer que me preguntó qué quería le dije que necesitaba formación. Se rió, y me dijo que ella era la directora de la formación religiosa en la parroquia, y me apuntó a las clases de catecumenado". Luego conoció al párroco, quien le dijo con humor que nunca había conocido a nadie que llegase a la Iglesia gracias a Enrique VIII.

Catherine amaba cada vez más a su párroco y al matrimonio que tutelaba su aprendizaje, y lloró cuando vio el lavatorio de pies y cuando conoció al obispo: "La Iglesia era, punto por punto, todo lo contrario de todo lo que yo había siempre pensado que era".

Cuando anunció a sus amigos y a su madre que quería hacerse católica, se quedaron "horrorizados"... pero su marido le regaló unas imágenes de la Virgen y de San Judas Tadeo.

LA FELICIDAD
"El 7 de abril de 2012, día de mi bautismo, estaba tan feliz que lloré. Pasé mucho tiempo a solas con el Cuerpo de Cristo y lloré de agradecimiento. Tras años buscando la verdad, la había encontrado". Y más cosas cambiaron. Su esposo está ahora también haciendo el catecumenado; su madre, tan irreligiosa, ya cree en Dios y lee la Biblia; y su hijo es también católico.

"Finalmente encontré de nuevo a mi amigo Jesús. Y aprendí el valor y la verdadera belleza de ser mujer. En su sentido más puro, descubrí mi verdadero derecho a elegir. Amo a mi Iglesia. Amo a mi familia. Amo a mi parroquia. Amo a mi sacerdote. Y estoy realmente muy agradecida de estar en casa".

    


DESCANSA DULCEMENTE


La coral final de la Pasión según San Mateo de Bach es muy popular; pero no tanta gente conoce las palabras que cantan. El sábado Santo es el día del Silencio de Dios. Y los fieles le cantan: "Descansa, descansa dulcemente". En el sepulcro descansa Jesús y sus miembros. El dolor de Jesús y el dolor de toda la humanidad. Con Jesús esperamos el día de la Resurrección, el triunfo sobre la muerte y el dolor. El triunfo del Amor.

Mientras, le decimos a Jesús: "Descansa, descansa dulcemente."

    

MARÍA ES LA PRIMERA PARTÍCIPE DE TODO EL SACRIFICIO


Sábado Santo. Tratemos de imitar a María en su fe, en su esperanza y en su amor, que la sostienen en medio de la prueba.

Contemplemos el corazón de la Santísima Virgen -dolorido en la pasión, en las lamentaciones del profeta Jeremías. El profeta está refiriéndose a la destrucción de Jerusalén, pero en esta poesía, que es la lamentación, hay muchos textos que recogen el dolor de una madre, el dolor de María. Como dice el profeta: "Un Dios que rompe las vallas y entra en la ciudad".

Podría ser interesante el tomar este texto desde el capítulo II de las lamentaciones de Jeremías, e ir viendo cómo se va desarrollando este dolor en el corazón de la Santísima Virgen, porque puede surgir en nuestra alma una experiencia del dolor de María, por lo que Dios ha hecho en Ella, por lo que Dios ha realizado en Ella; pero puede darnos también una experiencia muy grande de cómo María enfrenta con fe este dolor tan grande que Dios produce en su corazón.

Un dolor que a Ella le viene al ver a su hijo en todo lo que había padecido; un dolor que le viene al ver la ingratitud de los discípulos que habían abandonado a su hijo; el dolor que tuvo que tener María al considerar la inocencia de su hijo; y sobre todo, el dolor que tendría que provenirle a la Santísima Virgen de su amor tan tierno por su hijo, herido por las humillaciones de los hombres.

María, el Sábado Santo en la noche y domingo en la madrugada, es una mujer que acaba de perder a su hijo. Todas las fibras de su ser están sacudidas por lo que ha visto en los días culminantes de la pasión. Cómo impedirle a María el sufrimiento y el llanto, si había pasado por una dramática experiencia llena de dignidad y de decoro, pero con el corazón quebrantado.

María -no lo olvidemos-, es madre; y en ella está presente la fuerza de la carne y de la sangre y el efecto noble y humano de una madre por su hijo. Este dolor, junto con el hecho de que María haya vivido todo lo que había vivido en la pasión de su hijo, muestra su compromiso de participación total en el sacrificio redentor de Cristo. María ha querido participar hasta el final en los sufrimientos de Jesús; no rechazó la espada que había anunciado Simeón, y aceptó con Cristo el designio misterioso de su Padre. Ella es la primera partícipe de todo sacrificio. María queda como modelo perfecto de todos aquellos que aceptaron asociarse sin reserva a la oblación redentora.

¿Qué pasaría por la mente de nuestra Señora este sábado en la noche y domingo en la madrugada? Todos los recuerdos se agolpan en la mente de María: Nazaret, Belén, Egipto, Nazaret de nuevo, Canaán, Jerusalén. Quizá en su corazón revive la muerte de José y la soledad del Hijo con la madre después de la muerte de su esposo...; el día en que Cristo se marchó a la vida pública..., la soledad durante los tres últimos años. Una soledad que, ahora, Sábado Santo, se hace más negra y pesada. Son todas las cosas que Ella ha conservado en su corazón. Y si conservaba en el corazón a su Hijo en el templo diciéndole: "¿Acaso no debo estar en las cosas de mi Padre?". ¡Qué habría en su corazón al contemplar a su Hijo diciendo: "¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu, todo está consumado!"

¿Cómo estaría el corazón de María cuando ve que los pocos discípulos que quedan lo bajan de la cruz, lo envuelven en lienzos aromáticos, lo dejan en el sepulcro? Un corazón que se ve bañado e iluminado en estos momentos por la única luz que hay, que es la del Viernes Santo. Un corazón en el que el dolor y la fe se funden. Veamos todo este dolor del alma, todo este mar de fondo que tenía que haber necesariamente en Ella. Apenas hacía veinticuatro horas que había muerto su hijo. ¡Qué no sentiría la Santísima Virgen!

Junto con esta reflexión, penetremos en el gozo de María en la resurrección. Tratemos de ver a Cristo que entra en la habitación donde está la Santísima Virgen. El cariño que habría en los ojos de nuestro Señor, la alegría que habría en su alma, la ilusión de poderla decir a su madre: "Estoy vivo". El gozo de María podría ser el simple gozo de una madre que ve de nuevo a su hijo después de una tremenda angustia; pero la relación entre Cristo y María es mucho más sólida, porque es la relación del Redentor con la primera redimida, que ve triunfador al que es el sentido de su existencia.

Cristo, que llega junto a María, llena su alma del gozo que nace de ver cumplida la esperanza. ¡Cómo estaría el corazón de María con la fe iluminada y con la presencia de Cristo en su alma! Si la encarnación, siendo un grandísimo milagro, hizo que María entonase el Magníficat: "Mi alegría qué grande es cuando ensalza mi alma al Señor. Cuánto se alegra mi alma en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava, y desde ahora me dirán dichosa todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí, su nombre es Santo". ¿Cuál sería el nuevo Magníficat de María al encontrarse con su hijo? ¿Cuál sería el canto que aparece por la alegría de ver que el Señor ha cumplido sus promesas, que sus enemigos no han podido con Él?

Y por qué no repetir con María, junto a Jesús resucitado, ese Magníficat con un nuevo sentido. Con el sentido ya no simplemente de una esperanza, sino de una promesa cumplida, de una realidad presente. Yo, que soy testigo de la escena, ¿qué debo experimentar?, ¿qué tiene que haber en mí? Debe brotar en mí, por lo tanto, sentimientos de alegría. Alegrarme con María, con una madre que se alegra porque su hijo ha vuelto. ¡Qué corazón tan duro, tan insensible sería el que no se alegrase por esto!

Tratemos de imitar a María en su fe, en su esperanza y en su amor. Fe, esperanza y amor que la sostienen en medio de la prueba; fe, esperanza y amor que la hicieron llenarse de Dios. La Santísima Virgen María debe ser para el cristiano el modelo más acabado de la nueva criatura surgida del poder redentor de Cristo y el testimonio más elocuente de la novedad de vida aportada al mundo por la resurrección de Cristo.

Tratemos de vivir en nuestra vida la verdadera devoción hacia la Santísima Virgen, Madre amantísima de la Iglesia, que consiste especialmente en la imitación de sus virtudes, sobre todo de su fe, esperanza y caridad, de su obediencia, de su humildad y de su colaboración en el plan de Cristo.

Autor: P. Cipriano Sánchez LC
    


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