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"La columna del hermano José" - 5 new articles

  1. SABER DONDE NOS ENCONTRAMOS
  2. DE LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO QUE CELEBRAMOS HOY
  3. ¡AH! ¿PERO SE PODÍA CRITICAR AL PAPA?
  4. GESTOS DE AFECTO, PERDONAR Y NO MALDECIR, HÁBITOS PIADOSOS: ASÍ COMUNICA LA FAMILIA, DICE FRANCISCO
  5. EL EVANGELIO DE LA MOMIA: TENSIÓN ENTRE EXPERTOS, ESCÉPTICOS Y APOLOGETAS HASTA VER EL FRAGMENTO
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SABER DONDE NOS ENCONTRAMOS


Es curioso, que cuando un alma coge en firme…, el camino del amor al Señor se impacienta, se, vuelve impaciente como, lo es toda la juventud que cree que se le pasa el tiempo y desea con vehemencia adelantarlo todo. Pero hay una impaciencia espiritual y otra material. El niño tienen siempre ganas de llegar a ser mayor, como el adolescente de su hermano mayor, y este a su vez ya quiere tener terminada su carrera, para empezar a comerse el mundo, no sea que cuando él llegue ya no le quede nada, si no es que se trate de un indolente, que para desgracias de sus padres los hay. Y en la vida espiritual de un alma, también sucede lo mismo. Cuando comienza el alma joven en su desarrollo es impaciente y desear avanzar como sea y consecuentemente le entra un constante deseo, de saber si está avanzando y sobre todo, saber dónde se encuentra, espiritualmente hablando.

Esto me recuerda la maravillosa obra que escribió José Maria Pemán, titulada “El divino impaciente”. Se trata de San Francisco Javier, que va a embarcarse en Lisboa con destino a la India portuguesa. Su superior, que es su compañero de universidad en París. San Ignacio de Loyola, le da los últimos consejos y le dice:
                       
A grandes hazañas vas Javier

Y no hay peligro más cierto, de que ese, de que arrebatado por el afán del suceso, se te derrame por fuera. lo que debes de llevar dentro

Y en ese afán de impaciencia, se busca en libros espirituales, algo que le oriente a uno, para saber dónde espiritualmente se encuentra, pero es muy poco lo que encuentra. Uno sabe, que habitualmente, está, en gracia de Dios y sabe también que ciertamente si persevera, se salvará. Pero exactamente le gustaría a uno, saber dónde se encuentra. Qué tamaño tendrá nuestra gloria. Es entonces, cuando nace el deseo de saber dónde nos encontramos, deseo este que siempre se le crea, al que se esfuerza en amar al Señor. Pero más tarde, bastantes años más tarde, porque en la vida espiritual todo es muy lento, pero en la medida en que un alma…, cuando se va profundizando en su relación con el Señor, va transformándose esta en una forma tal, que cuando mira, hacia atrás queda sorprendido de su cambio. Puede ser que este se note al exterior, en las personas con las que tienen relación, pero lo que estas personas perciben, no es ni siquiera un 5% de lo que uno mismo siente.

Pero hasta llegar a ese momento, la persona siente esa necesidad, que realmente no es una necesidad de nuestra alma, en sentido espiritual, sino que es más propia de la curiosidad que tanto los animales como nosotros siempre tenemos, porque el conocimiento de donde nos encontramos nos da seguridad, una seguridad que desde luego es de carácter material. Ello es también, el fruto del ansia de seguridad material que todos tenemos dentro de sí. Somos desconfiados por naturaleza, y lo que es peor, lo somos hasta con el Señor; queremos saber dónde nos encontramos, porque en cierto modo, se nos ve el plumero de nuestra falta de fe, y sobre todo, de una acusada falta de confianza en el Señor.

Nuestra vida espiritual en estado puro, no nos demanda esta cuestión, entre otras razones porque la especulación sobre este tema, implica en sí, una falta de confianza en el Señor.

Pero en esta materia de la vida espiritual, el Señor no está por la labor, y no nos da señales, ni nos dice nada. Uno lee y busca opiniones de maestros espirituales y santos, para averiguar donde se encuentra uno, espiritualmente hablando, y nadie le concreta nada.

Así por ejemplo te dicen: “La vida sobrenatural crece en nosotros misteriosamente y en silencio, pero imprime a la existencia de la persona en su conjunto, una dinámica de progresiva madurez humana y cristiana. Hay una correlación directa entre la expansión interior de esa vida y el desarrollo espiritual del creyente en su condición temporal. Es una semilla que toma cuerpo mediante el impulso de la gracia divina y con la acción virtuosa y constante de la persona.” Dice el Evangelios: “La tierra da el fruto por si misma: primero hierba, luego espiga, y después trigo abundante” (Mc 4,28).

Pero, si no apreciamos un progreso espiritual en la vida devota, tal como quisiéramos, no nos turbemos, pues como nos dice San Francisco de Sales: “El labrador no será nunca reconvenido por no lograr pingüe cosecha, pero sí de no haber labrado y sembrado bien sus tierras”. Sí…, todo esto está muy bien y es muy edificante, pero yo me sigo preguntando: ¿Dónde estoy yo? ¿Me falta mucho para llegar? El maestro Lafrance, escribe a este respecto: “Cuanto más se avanza en la vida espiritual más se da uno cuenta de que se tienen muy pocos puntos de referencia. Ciertamente están los mandamientos de Dios y de la Iglesia; sabemos bien lo que hay que hacer y evitar. Pero sobre el detalle de nuestra vida, cotidianamente, minuto a minuto, en el fondo sabemos muy poco. Ahí es donde debemos dejarnos guiar, fieles a las mociones del Espíritu Santo”.

Hay señales evidentes que podemos considerar, como es el hecho de haber prosperado en la oración e indudablemente; progresar en la oración es progresar en la vida espiritual, y progresar en nivel espiritual, es caminar más cerca del Señor. Pero esta es una señal muy vaga, porque cuanto más avanzas en la oración, menor es tu sentimiento de que progresas, más aún, algunos días te perece que retrocedes…. No hay vida de oración, que no sufra la experiencia dolorosa del largo túnel y de la interminable noche oscura de la que nos habla San Juan de la Cruz y que con más o menos intensidad, el alma que busca el amor del Señor, para entregarse a Él, ha de pasarla inexorablemente. Se puede considerar otra señal, cual es la de pensar que hemos comenzado a conocer a Dios, pero ella como algunas otras es imprecisa.

La señal de que has empezado a conocer a Dios, no se encuentra en las hermosas ideas que tienes sobre Él y mucho menos en el gozo que te procura la oración, sino en el ardiente deseo de conocerle más, tal como nos dice el maestro. Entre otras muchas señales todas ella imprecisas, se puede señalar el hecho de que cuando un alma avanza en el desarrollo de su vida espiritual, mentalmente, las piezas de ese rompecabezas, que todo ser humano tiene en su cabeza, acerca de Dios y de su conocimiento, se le empiezan a encajar de una forma sorprendente. Uno encuentra explicación lógica a muchas cuestiones que durante años se ha estado preguntando y nadie le ha sabido responder. Al menos esto es una experiencia propia, que personalmente me ha hecho meditar, pero tampoco esto, quiere decir nada concreto.

Quizás sea y esto no podemos olvidarlo, de que, no estamos trabajando en una ciencia exacta en la que dos y dos son siempre cuatro. Nuestro trabajo consiste en amar, amar y sobre todo amar y que yo sepa no existe ningún instrumento que se capaz de mediar la intensidad y la cuantía del amor que somos capaces de entregarle al Señor. Solo hay una cosa cierta y es que Dios no quiere que nadie sepa donde uno se encuentra, y no quiere por nuestro propio bien, ya que el conocimiento de esta circunstancia es indudable que merma nuestra humildad y aumenta nuestra soberbia. Por ello, ante todo fomentemos nuestra humildad que bien falta que nos hace, al menos desde luego, al que está escribiendo esto. San Pedro de Alcántara, en relación a este tema escribía diciendo: “Para la presunción, de que uno está cerca del Señor, el remedio es considerar que no hay más claro indicio de estar el hombre muy lejos, que creer que está muy cerca, porque en este camino los que van descubriendo más tierra, ésos se dan mayor prisa por ver lo mucho que les falta; y por eso nunca hacen caso de lo que tienen en comparación de lo que desean”.

Hay algo también muy cierto, que siempre debemos de considerar. Quienes piensan que han llegado, han errado el camino. Quienes creen haber alcanzado su meta la han extraviado. Quienes piensan que son santos son demonios. Y tengamos siempre presente que una parte importante de la vida espiritual está hecha, de ansia, espera, esperanza y expectación. El amor a la voluntad de Dios, es una señal evidente de progreso espiritual, y ella nos lleva a considerar que si la voluntad de Dios es que prosperemos en la oscuridad, hemos de aceparla y amarla.

Hemos de caminar a oscuras, de la misma forma que la fe es también oscuridad para los ojos de nuestra cara, pero no para los de nuestra alma, caminemos en oscuridad que el Señor sus razones tendrá y sabe mejor que nosotros lo que más nos conviene. Y si nos nace alguna duda, no olvidemos que si amamos al Señor, nuestra confianza en Él ha de ser ciega. Porque si la confianza en Él nos falla, evidentemente no nos hemos entregado a Él en plenitud y si esto es así, es porque no le amamos lo suficiente. No hay que correr a la santidad más rápido de lo que Dios quiere que corramos. Él conoce nuestra flaqueza y fragilidad, nunca nos colocará en una prueba de fe demasiada difícil.

No nos impacientemos por creer que vamos despacio, Él sabe muy bien cuál ha de ser nuestro ritmo de crecimiento, y también los hay que en el ardor de su amor, desean cuanto ante morir para llegar a estar con su amado. En todo caso hay que estar seguros, de que nunca nos sacará de este mundo, antes de haber dado de sí, espiritualmente hablando, todo lo que podamos llegar a dar. El desea más que nosotros la mayor gloria posible para cada una de sus almas.

En orden a las razones que el Señor pueda tener, para que caminemos en esa oscuridad que antes hemos enunciado. Antes hemos aludido, algunas de estas razones que Él pueda tener, para mantenernos en esa ignorancia, de hasta donde hemos llegado en nuestro amor hacia Él. A tal efecto, conviene que nos fijemos en las consecuencias negativas que este conocimiento de nuestra situación espiritual, podría tener en nuestra alma. Primeramente como no existe ninguna escala, que nos permitiese determinar dónde nos encontramos, tendríamos que acudir a un elemento comparativo con los demás. Lo cual sería totalmente negativo para nosotros, pues nos fomentaría un determinado orgullo espiritual, al vernos superiores espiritualmente a otros y por otro lado si no somos capaces de calibrar nos a nosotros mismos, menos capacitados estamos aún para calibrar a los demás.

Santo Tomás de Aquino, define a la soberbia, como: “El apetito desordenado de nuestra propia excelencia”. También escribía sobre la soberbia diciéndonos que: Si bien todos los vicos nos alejan de Dios, solo la soberbia es la que se opone a Él; Y a ello se debe la resistencia que Dios ofrece a los soberbios. Y sin embargo, hay quienes estiman que la soberbia es grandeza del hombre a los cual San Agustín manifestaba: “No es grandeza la soberbia, sino hinchazón”

Soberbia es creerse uno que es alguien y que representa algo. Soberbia en el hombre es, lo que en el lenguaje vulgar se expresa y se dice de aquel que se viste con plumas ajenas. En el caso de la soberbia espiritual, el soberbio se viste con plumas que le corresponden a Dios. Es un menosprecio a Dios apropiándose uno, de lo que es, solo de Dios y a Dios le pertenece.

En definitiva, el soberbio espiritual lo que hace es negar a Dios. San Alfonso María Ligorio decía: “El hombre espiritual dominado por la soberbia es un ladrón, porque roba, no bienes terrenos, sino la gloria de Dios. Por esto, San Francisco de Asís solía pedir: Señor, si me concedéis cualquier bien, guardádmelo vos, no sea que yo os lo robe”.

Y si existe algo que el Señor absolutamente deteste es el orgullo espiritual, pues ese vicio nacido como todo vicio de la soberbia, tiene además añadido el delito de robarle a Dios lo que es suyo.

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

Juan del Carmelo
    


DE LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO QUE CELEBRAMOS HOY


Una conversión que ocurre hacia el año 36, es decir, con una edad de unos treinta y cinco o treinta y seis años, de manera repentina, imprevisible, sin que medie explicación alguna.

Cuando ello ocurre, Jesús no está ya en el mundo, lo cual, sin embargo, no es óbice para que la conversión de Pablo revista la forma, como si de un apóstol más se tratara, de llamada del Maestro:

“Entretanto Saulo, respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote, y le pidió cartas para que, si encontraba algunos seguidores del Camino [curiosa manera de llamar a los seguidores de Jesús, anterior a su definitiva denominación como cristianos], hombres o mujeres, los pudiera llevar presos a Jerusalén.
Sucedió que yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le envolvió una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: “Saul, Saul, ¿por qué me persigues?”. El preguntó: “¿Quién eres, Señor?”. Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”” (Hch. 9, 3-5).

El evento es relatado hasta en dos ocasiones más en los Hechos de los Apóstoles. En la primera Pablo habla en primera persona y se lo relata a los miembros del sanedrín que le juzgan:

“Yo perseguí a muerte a este Camino, encadenando y arrojando a la cárcel a hombres y mujeres, como puede atestiguármelo el sumo sacerdote y todo el consejo de ancianos. De ellos recibí también cartas para los hermanos de Damasco y me puse en camino con intención de traer también encadenados a Jerusalén a todos los que allí había, para que fueran castigados.
“Pero yendo de camino, estando ya cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo; caí al suelo y oí una voz que me decía: ‘Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?’ Yo respondí: ‘¿Quién eres, Señor?’ Y él a mí: ‘Yo soy Jesús Nazoreo, a quien tú persigues’. Los que estaban vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Yo dije: ‘¿Qué he de hacer, Señor?’ Y el Señor me respondió: ‘Levántate y vete a Damasco; allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas’. Como yo no veía, a causa del resplandor de aquella luz, conducido de la mano por mis compañeros llegué a Damasco” (Hch. 22, 3-11).

Y en la segunda vuelve a ser Pablo el que habla, pero esta vez ante el Rey Agripa:

“En este empeño iba hacia Damasco con plenos poderes y la autorización de los sumos sacerdotes; y al medio día, yendo de camino vi, oh rey, una luz venida del cielo, más resplandeciente que el sol, que me envolvió a mí y a mis compañeros en su resplandor. Caímos todos nosotros a tierra y yo oí una voz que me decía en lengua hebrea: `Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? Te es duro dar coces contra el aguijón.' Yo respondí: ‘¿Quién eres, Señor?’ Y me dijo el Señor: ‘Yo soy Jesús a quien tú persigues. Pero levántate, y ponte en pie; pues me he aparecido a ti para constituirte servidor y testigo tanto de las cosas que de mí has visto como de las que te manifestaré. Yo te libraré de tu pueblo y de los gentiles, a los cuales yo te envío, para que les abras los ojos; para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios; y para que reciban el perdón de los pecados y una parte en la herencia entre los santificados, mediante la fe en mí'” (Hch. 26, 12-18).

Relatos estos dos últimos, -que no el primero, donde se habla de un solitario Pablo-, de los que cabe colegir que Pablo va acompañado, “los que estaban vieron la luz” y “una luz […] que me envolvió a mí y a mis compañeros” de personas que hay que entender a su mando, en lo que debía ser una especie de unidad policial de pureza religiosa encargada de buscar cristianos.

Unos relatos a los que se han de añadir aquéllos en las que se cita o explica la “vocación” en las Cartas del propio apóstol, que se precia en hacerlo y no escatima tinta para ello. La primera en la que dirige a los corintios en el año 57:

“Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, que soy como un aborto. Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la iglesia de Dios” (1Co. 15, 8).

En la que con toda astucia, sagacidad y sutilidad, y aunque con falsa humildad se presente cual “el último”, como uno más en la agenda de apariciones de Jesús resucitado, cuando lo cierto es que las demás apariciones que Pablo refiere en la serie son apariciones que Jesús hace en cuerpo y alma justo después de resucitado y durante los días que permanece entre los suyos antes de ascender a los cielos según relatan Marcos y Lucas, en tanto que la suya es años más tardía, cuando Jesús ya no está entre los suyos y en forma de luz, voz, en todo caso espiritual y poco carnal. El recurso no es debido a una mera vanidad sin otro fin, sino que por el contrario, persigue un objetivo muy definido al que nos vamos a referir poco más adelante, cuando hablemos de Pablo como “el último apóstol”.

La segunda en la que dirige a los gálatas poco después, probablemente el mismo año 57 o en el 58:

“Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo a hombre alguno, ni subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde volví a Damasco” (Gl. 1, 15-16)

Por cierto que, aunque la tradición haya consolidado tal iconografía y no sea absurdo pensar que fuera así, en ningún momento, ni del libro de los Hechos, ni de ninguna de sus cartas, cabe extraer inequívocamente que Pablo fuera a caballo. Pero ese es un tema que ya tratamos en su día (pinche aquí si desea conocer lo que entonces decíamos) por lo que nos remitimos a lo dicho entonces (pinche aquí si desea conocerlo)

Y sin más por hoy sino desearles un feliz domingo, y como siempre, que hagan mucho bien y no reciban menos, me despido hasta mañana.

Luis Antequera
    

¡AH! ¿PERO SE PODÍA CRITICAR AL PAPA?


A medida que van pasando los meses se va haciendo más evidente un malestar de ciertos medios de la Iglesia con la línea que Su Sant. el Papa Francisco está impulsando en la Iglesia. Las declaraciones del obispo emérito de Chicago, Francis George (probablemente molesto con la elección de su sucesor, mgr. Cupich, una antítesis de lo que él ha significado en la Iglesia americana), son un ejemplo. En mi opinión, también lo es la reacción de algunos cardenales manifestando sus discrepancias con la línea marcada por el cardenal Kasper, sobre los temas en debate en el Sínodo de la Familia. Y muchos ejemplos más.

El vaticanista Andrea Tornelli hablaba de "grupúsculos" contrarios en la Stampa hace unos días: yo no soy tan optimista. Más bien creo que se trata de sectores amplios y muy bien situados, algunos de ellos, en las esferas del poder.

Y, tengo que confesar que, después de muchos años de intentar estudiar la Iglesia en su dimensión histórica y humana, el hecho me sorprende muy poco. El nuevo Papa está marcando nítidamente y de forma programática (aunque no lo parezca, por su estilo espontáneo) líneas de actuación tan distintas de lo que venía siendo habitual desde hace muchos años, que lo raro hubiera sido lo contrario.

Lo que de verdad me llama la atención es el tono y los gestos. Me pregunto el porqué del cambio, ya que no imagino unas críticas o unas manifestaciones de impaciencia tan públicas y evidentes con ninguno de los dos anteriores pontífices. ¿Ustedes sí?

Es posible que muchos que, durante largo tiempo, presentaron la figura del Obispo de Roma, como alguien por encima de los extravíos humanos, confundiendo (quiero creer que sin mala intención) magisterio ordinario y extraordinario, y convirtiendo cualquier declaración del mismo poco menos que en Palabra de Dios, caigan en la tentación de decir "dije donde digo Diego" ahora que la línea del nuevo pontífice "no les gusta".

Esta realidad es demasiado humana, como para ser tenida en cuenta seriamente. Lo que me preocupa del asunto es un hecho más profundo y, a mi entender, más grave.

Los que siguen este humilde blog, seguro que recuerdan entradas de hace un par de años en las que señalaba mi preocupación por la brecha evidente entre dos concepciones muy divergentes de entender la realidad y misión de la Iglesia a comienzos del siglo XXI. Ambas cuentan con potentes eclesiologías detrás: no se trata, pues, de meras opiniones o preferencias personales. Por simplificar mucho (¡muchísimo!) y a pesar de que esta terminología no me gusta nada de nada, hablaré de la "conservadora" y la "liberal".

Quiero añadir que ambas son perfectamente concordes con la Tradición y el Dogma Católico y que estuvieron representadas con toda claridad por grupos muy bien definidos en el último Concilio (si alguien pone esto en duda le recomiendo encarecidamente que estudie un poco el tema). Históricamente, la corriente que podríamos denominar "liberal", y que en el Vaticano II estuvo representada por algunos "pesos pesados" como los cardenales Suenens, Lercaro, König, Frings, etc., no tuvo demasiadas posibilidades de desarrollo. Las causas son bastante complejas, sin que podemos entrar aquí en su análisis. Tras un periodo muy corto de cierta indefinición, Pablo VI apostó por una cierta tendencia "conservadora". La misma fue clarísimamente adoptada por Juan Pablo II (aunque no en todos los temas) en su largo pontificado, y , posteriormente, por Benedicto XVI.

Fueron muchos años, muchas decisiones tomadas, muchos nombramientos realizados, muchas intervenciones hacia dentro y declaraciones hacia afuera en una línea altamente coherente consigo misma, pero monolítica. Tanta cantidad y tanto tiempo hicieron que muchos creyeran que una determinada forma de dirigir la Iglesia y de entender la misión y labor concretas de la misma en el mundo actual, era sencillamente la única.

¿Es que la Iglesia ha cambiado entonces?. ¿Es Francisco un "rupturista"? Pues no, yo creo que no lo es en absoluto, y que lo que está haciendo es muy normal. Lo ven "anormal" quienes tienen su visión eclesial un tanto deformada y consideran a este Papa un "progre" (¡el tiempo les demostrará lo equivocados que están!). La Iglesia no cambia en lo que no puede cambiar, en su esencia eterna, perfectamente definida por el Dogma. Pero sí puede y debe cambiar en muchas formas de llevar esa esencia a los hombres.

Y, puestos a ello, quiero decir que creo que ya era hora de que muchas cosas empezaran a cambiar. Es mi modesta opinión lo es también que Francisco es una bendición para la Iglesia. Quizá la mayor del último medio siglo.

Cuentan que, cuando Juan Pablo I (¿alguien pensó que me había olvidado de él?), recién elegido, anunció a un poderoso cardenal los cambios que deseaba hacer, dialogaron más o menos así: el prelado le respondió tajante, " ¡Sepa vuestra Santidad, que estas decisiones van, en muchos aspectos, en contra de la línea marcada por Vuestro Antecesor (de feliz memoria)!". El santo Papa Luciani se limitó a decir, lacónicamente: "¡Nadie manda siempre...!"

Pues, eso.

Un abrazo muy fuerte, y que el Señor les bendiga este año que hemos comenzado.

Josue Fonseca
    


GESTOS DE AFECTO, PERDONAR Y NO MALDECIR, HÁBITOS PIADOSOS: ASÍ COMUNICA LA FAMILIA, DICE FRANCISCO


“En un mundo donde tan a menudo se maldice, se habla mal, se siembra cizaña, se contamina nuestro ambiente humano con las habladurías, la familia puede ser una escuela de comunicación como bendición”: es una de las afirmaciones del Papa Francisco en su Mensaje para la 49ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que este año ha dedicado al ámbito del hogar más que, como suele ser habitual, al ámbito de los mass media.

Entronca de esa forma con la temática familiar que, en el año del sínodo, está continuamente en el pensamiento del Pontífice, como ha mostrado recientemente la importancia de su discurso a las familias filipinas. "La familia en la que, con los propios límites y pecados, todos se quieren, se convierte en una escuela de perdón. El perdón es una dinámica de comunicación: una comunicación que se desgasta, se rompe y que, mediante el arrepentimiento expresado y acogido, se puede reanudar y acrecentar. Un niño que aprende en la familia a escuchar a los demás, a hablar de modo respetuoso, expresando su propio punto de vista sin negar el de los demás, será un constructor de diálogo y reconciliación en la sociedad", afirma.

Además, la familia es "el contexto en el que se transmite esa forma fundamental de comunicación que es la oración. Cuando la mamá y el papá acuestan para dormir a sus niños recién nacidos, a menudo los confían a Dios para que vele por ellos; y cuando los niños son un poco más mayores, recitan junto a ellos oraciones simples, recordando con afecto a otras personas: a los abuelos y otros familiares, a los enfermos y los que sufren, a todos aquellos que más necesitan de la ayuda de Dios. Así, la mayor parte de nosotros ha aprendido en la familia la dimensión religiosa de la comunicación", recuerda el Papa.

TEXTO ÍNTEGRO DEL MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA 49ª JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES: "COMUNICAR LA FAMILIA: AMBIENTE PRIVILEGIADO DEL ENCUENTRO EN LA GRATUIDAD DEL AMOR".


El tema de la familia está en el centro de una profunda reflexión eclesial y de un proceso sinodal que prevé dos sínodos, uno extraordinario –apenas celebrado– y otro ordinario, convocado para el próximo mes de octubre. En este contexto, he considerado oportuno que el tema de la próxima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales tuviera como punto de referencia la familia. En efecto, la familia es el primer lugar donde aprendemos a comunicar. Volver a este momento originario nos puede ayudar, tanto a comunicar de modo más auténtico y humano, como a observar la familia desde un nuevo punto de vista.

Podemos dejarnos inspirar por el episodio evangélico de la visita de María a Isabel (cf. Lc 1,39-56). «En cuanto Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”» (vv. 41-42).

Este episodio nos muestra ante todo la comunicación como un diálogo que se entrelaza con el lenguaje del cuerpo. En efecto, la primera respuesta al saludo de María la da el niño saltando gozosamente en el vientre de Isabel. Exultar por la alegría del encuentro es, en cierto sentido, el arquetipo y el símbolo de cualquier otra comunicación que aprendemos incluso antes de venir al mundo. El seno materno que nos acoge es la primera «escuela» de comunicación, hecha de escucha y de contacto corpóreo, donde comenzamos a familiarizarnos con el mundo externo en un ambiente protegido y con el sonido tranquilizador del palpitar del corazón de la mamá. Este encuentro entre dos seres a la vez tan íntimos, aunque todavía tan extraños uno de otro, es un encuentro lleno de promesas, es nuestra primera experiencia de comunicación. Y es una experiencia que nos acomuna a todos, porque todos nosotros hemos nacido de una madre.

Después de llegar al mundo, permanecemos en un «seno», que es la familia. Un seno hecho de personas diversas en relación; la familia es el «lugar donde se aprende a convivir en la diferencia» (Exort. ap. Evangelii gaudium, 66): diferencias de géneros y de generaciones, que comunican antes que nada porque se acogen mutuamente, porque entre ellos existe un vínculo. Y cuanto más amplio es el abanico de estas relaciones y más diversas son las edades, más rico es nuestro ambiente de vida. Es el vínculo el que fundamenta la palabra, que a su vez fortalece el vínculo. Nosotros no inventamos las palabras: las podemos usar porque las hemos recibido. En la familia se aprende a hablar la lengua materna, es decir, la lengua de nuestros antepasados (cf. 2 M 7,25.27). En la familia se percibe que otros nos han precedido, y nos han puesto en condiciones de existir y de poder, también nosotros, generar vida y hacer algo bueno y hermoso. Podemos dar porque hemos recibido, y este círculo virtuoso está en el corazón de la capacidad de la familia de comunicarse y de comunicar; y, más en general, es el paradigma de toda comunicación.

La experiencia del vínculo que nos «precede» hace que la familia sea también el contexto en el que se transmite esa forma fundamental de comunicación que es la oración. Cuando la mamá y el papá acuestan para dormir a sus niños recién nacidos, a menudo los confían a Dios para que vele por ellos; y cuando los niños son un poco más mayores, recitan junto a ellos oraciones simples, recordando con afecto a otras personas: a los abuelos y otros familiares, a los enfermos y los que sufren, a todos aquellos que más necesitan de la ayuda de Dios. Así, la mayor parte de nosotros ha aprendido en la familia la dimensión religiosa de la comunicación, que en el cristianismo está impregnada de amor, el amor de Dios que se nos da y que nosotros ofrecemos a los demás.

Lo que nos hace entender en la familia lo que es verdaderamente la comunicación como descubrimiento y construcción de proximidad es la capacidad de abrazarse, sostenerse, acompañarse, descifrar las miradas y los silencios, reír y llorar juntos, entre personas que no se han elegido y que, sin embargo, son tan importantes las unas para las otras. Reducir las distancias, saliendo los unos al encuentro de los otros y acogiéndose, es motivo de gratitud y alegría: del saludo de María y del salto del niño brota la bendición de Isabel, a la que sigue el bellísimo canto del Magnificat, en el que María alaba el plan de amor de Dios sobre ella y su pueblo. De un «sí» pronunciado con fe, surgen consecuencias que van mucho más allá de nosotros mismos y se expanden por el mundo. «Visitar» comporta abrir las puertas, no encerrarse en uno mismo, salir, ir hacia el otro. También la familia está viva si respira abriéndose más allá de sí misma, y las familias que hacen esto pueden comunicar su mensaje de vida y de comunión, pueden dar consuelo y esperanza a las familias más heridas, y hacer crecer la Iglesia misma, que es familia de familias.

La familia es, más que ningún otro, el lugar en el que, viviendo juntos la cotidianidad, se experimentan los límites propios y ajenos, los pequeños y grandes problemas de la convivencia, del ponerse de acuerdo. No existe la familia perfecta, pero no hay que tener miedo a la imperfección, a la fragilidad, ni siquiera a los conflictos; hay que aprender a afrontarlos de manera constructiva. Por eso, la familia en la que, con los propios límites y pecados, todos se quieren, se convierte en una escuela de perdón. El perdón es una dinámica de comunicación: una comunicación que se desgasta, se rompe y que, mediante el arrepentimiento expresado y acogido, se puede reanudar y acrecentar. Un niño que aprende en la familia a escuchar a los demás, a hablar de modo respetuoso, expresando su propio punto de vista sin negar el de los demás, será un constructor de diálogo y reconciliación en la sociedad.

A propósito de límites y comunicación, tienen mucho que enseñarnos las familias con hijos afectados por una o más discapacidades. El déficit en el movimiento, los sentidos o el intelecto supone siempre una tentación de encerrarse; pero puede convertirse, gracias al amor de los padres, de los hermanos y de otras personas amigas, en un estímulo para abrirse, compartir, comunicar de modo inclusivo; y puede ayudar a la escuela, la parroquia, las asociaciones, a que sean más acogedoras con todos, a que no excluyan a nadie.

Además, en un mundo donde tan a menudo se maldice, se habla mal, se siembra cizaña, se contamina nuestro ambiente humano con las habladurías, la familia puede ser una escuela de comunicación como bendición. Y esto también allí donde parece que prevalece inevitablemente el odio y la violencia, cuando las familias están separadas entre ellas por muros de piedra o por los muros no menos impenetrables del prejuicio y del resentimiento, cuando parece que hay buenas razones para decir «ahora basta»; el único modo para romper la espiral del mal, para testimoniar que el bien es siempre posible, para educar a los hijos en la fraternidad, es en realidad bendecir en lugar de maldecir, visitar en vez de rechazar, acoger en lugar de combatir.

Hoy, los medios de comunicación más modernos, que son irrenunciables sobre todo para los más jóvenes, pueden tanto obstaculizar como ayudar a la comunicación en la familia y entre familias. La pueden obstaculizar si se convierten en un modo de sustraerse a la escucha, de aislarse de la presencia de los otros, de saturar cualquier momento de silencio y de espera, olvidando que «el silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido» (Benedicto XVI, Mensaje para la XLVI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 24 enero 2012). La pueden favorecer si ayudan a contar y compartir, a permanecer en contacto con quienes están lejos, a agradecer y a pedir perdón, a hacer posible una y otra vez el encuentro. Redescubriendo cotidianamente este centro vital que es el encuentro, este «inicio vivo», sabremos orientar nuestra relación con las tecnologías, en lugar de ser guiados por ellas. También en este campo, los padres son los primeros educadores. Pero no hay que dejarlos solos; la comunidad cristiana está llamada a ayudarles para vivir en el mundo de la comunicación según los criterios de la dignidad de la persona humana y del bien común.

El desafío que hoy se nos propone es, por tanto, volver a aprender a narrar, no simplemente a producir y consumir información. Esta es la dirección hacia la que nos empujan los potentes y valiosos medios de la comunicación contemporánea. La información es importante pero no basta, porque a menudo simplifica, contrapone las diferencias y las visiones distintas, invitando a ponerse de una u otra parte, en lugar de favorecer una visión de conjunto.

La familia, en conclusión, no es un campo en el que se comunican opiniones, o un terreno en el que se combaten batallas ideológicas, sino un ambiente en el que se aprende a comunicar en la proximidad y un sujeto que comunica, una «comunidad comunicante». Una comunidad que sabe acompañar, festejar y fructificar. En este sentido, es posible restablecer una mirada capaz de reconocer que la familia sigue siendo un gran recurso, y no sólo un problema o una institución en crisis. Los medios de comunicación tienden en ocasiones a presentar la familia como si fuera un modelo abstracto que hay que defender o atacar, en lugar de una realidad concreta que se ha de vivir; o como si fuera una ideología de uno contra la de algún otro, en lugar del espacio donde todos aprendemos lo que significa comunicar en el amor recibido y entregado. Narrar significa más bien comprender que nuestras vidas están entrelazadas en una trama unitaria, que las voces son múltiples y que cada una es insustituible.

La familia más hermosa, protagonista y no problema, es la que sabe comunicar, partiendo del testimonio, la belleza y la riqueza de la relación entre hombre y mujer, y entre padres e hijos. No luchamos para defender el pasado, sino que trabajamos con paciencia y confianza, en todos los ambientes en que vivimos cotidianamente, para construir el futuro.

    

EL EVANGELIO DE LA MOMIA: TENSIÓN ENTRE EXPERTOS, ESCÉPTICOS Y APOLOGETAS HASTA VER EL FRAGMENTO


Polémicas tras el hallazgo del texto de San Marcos.

El artículo de Live Sciencesobre el supuesto descubrimiento de un fragmento de papiro del Evangelio de San Marcos ha causado una enorme sensación en todo el mundo. Sobre todo en los medios de lengua española, estamos leyendo principalmente artículos sobre lo que dice el periodista de Live Science, que cita a su vez palabras del profesor Craig Evans.

LA ACLARACIÓN DE EVANS Y EL PAPEL DE DANIEL WALLACE EN LA PUBLICACIÓN
En el blog del profesor Ben Witherington, Craig Evans corrige varias interpretaciones erróneas de su conversación con Owen Jarus, de Live Science. Jarus había visto el video de una conferencia de Evans donde éste menciona brevemente el descubrimiento del fragmento de papiro con el texto de Marcos. Craig Evans confirma que él no fue el descubridor del fragmento, y que la investigación sobre el mismo no la lleva él en su universidad en Nova Scotia, Canada. Evans utiliza en el vídeo la primera persona del plural ("we discovered…”), pero sin querer por ello atribuirse participación en el descubrimiento. Por último, Evans confirma que la foto de la máscara funeraria egipcia publicada en muchos medios no la ha cedido él.

Craig Evans, cuya autoridad fue citada en el artículo de LiveScience, hizo luego algunas puntualizaciones sobre el descubrimiento.

Craig Evans sabía del descubrimiento por las declaraciones del profesor Daniel Wallace, del Dallas Theological Seminary, conocido y reputado experto que dedica grandes esfuerzos a la digitalización de todos los fragmentos papiráceos y demás “testigos” del texto neotestamentario. Wallace mencionó el descubrimiento en 2012, durante su debate con Bart Ehrman, conocido escéptico ex evangélico. Ehrman, que estudió en Princeton con Bruce Metzer, dedica ahora su tiempo a argumentar en contra de la historicidad del Nuevo Testamento.

TAMBIÉN ROMANOS, I CORINTIOS, LUCAS…
Wallace prefiere no hablar del descubrimiento hasta que los fragmentos se publiquen por la editorial E.J. Brill de Holanda, quizás no hasta 2017. Brill es una conocida editorial de temas bíblicos. Wallace, como co-autor del volumen, ha firmado un contrato de confidencialidad que le impide contar más detalles. Entre los autores está también “uno de los principales paleógrafos del mundo,” dice Wallace, cuyo nombre aun no se puede saber debido a esas mismas obligaciones contractuales. El volumen de Brill incluirá no solo el fragmento de Marcos, sino también los otros seis fragmentos de papiro que se hallaron bajo la misma mascara funeraria egipcia en una colección privada. Entre los otros fragmentos hay fragmentos de Lucas, de Romanos, de I Corintios y de una homilía sobre Hebreos 11 (el famoso capitulo sobre la fe).

Dicho esto, en una entrevista a una cadena de radio, Wallace reveló los siguientes datos: el fragmento de Marcos incluye al menos parte del capítulo 1 del evangelio y es más grande que el típico fragmento de papiro con solo parte de dos o tres versículos. Wallace piensa que este fragmento no va a incluir ninguna lectura, ninguna variante textual distinta a las aceptadas actualmente en base a la evidencia textual de Marcos que poseemos hasta el momento.

El fragmento pertenecía a una colección privada que visitó el doctor Scott Carroll durante su trabajo para la Green Collection. Carroll es también colaborador de la Baylor University, gran universidad baptista en Waco, Texas, y el doctor Jeff Fish, de Baylor, será probablemente otro de los autores del volumen de Brill.

Scott Carroll es uno de los especialistas que ha visto el fragmento objeto de tanta expectación.

Uno de los aspectos que quita algo de credibilidad a este tema, es la participación del conocido evangelista y apologeta Josh McDowell, que no es ningún experto en el tema y se expresa con una cierta falta de rigor. Al parecer, McDowell ha tenido acceso a al menos parte de esta colección de fragmentos de papiro y ha descrito el proceso por el cual se han despegado los fragmentos del interior de la mascara funeraria, con agua templada y jabón. (Pincha aquí para ver el proceso en detalle en una presentación de Carroll.)

Tras un intenso trabajo de limpieza de las máscaras se obtienen papiros de gran valor con textos que quedan a disposición de los especialistas.

Y ¿QUÉ IMPORTA TODO ESTO?
Si es cierto que el fragmento de Marcos es un manuscrito del siglo primero, será efectivamente, como dice Wallace, un A+, un sobresaliente entre los descubrimientos de manuscritos bíblicos de los últimos cien años. La publicación de esta colección por Brill está tardando mucho y habrá que esperar, ver las imágenes y leer las interpretaciones que se hacen de ellas y quién las hace.

Dicho esto, el hecho de que el fragmento, siempre según Wallace, incluya Marcos 1 puede ser muy interesante. Marcos 1,1 es uno de los poquísimos ejemplos de texto neotestamentario importante sobre el que todavía hay un debate textual. Es decir, un debate en torno a diferencias entre los principales manuscritos, papiros y códices que tenemos a nuestra disposición para intentar establecer el texto original, el texto que atribuimos a San Marcos y que no tenemos.

En eso consiste la ciencia de la crítica textual: trabajamos para establecer el texto original que no tenemos, en base a la enorme cantidad de copias manuscritas, muchas de ellas antiquísimas, que sí tenemos. Wallace conoce en profundidad las variantes textuales de Marcos 1,1 y sugiere que no habrá sorpresas. Quizás lo más importante de todo será, si se confirma este hallazgo, la fecha que nos permitirá atribuir, ahora ya con una confianza casi total al evangelio marcano.

Si el fragmento es de la década de los 80 por ejemplo, el original, es decir el evangelio que compuso Marcos tendrá que haber sido escrito algunos años antes, y quizás una década antes. En un artículo que me publicó Biblica (Pontificio Instituto Bíblico) en 2009, yo argumentaba que los elementos retóricos, la urgencia con la que el Jesús marcano instruye a los discípulos sobre los eventos del año 70 en Marcos 13 son una clave fundamental para interpretar correctamente el pasaje. Estos elementos retóricos están ausentes en Mateo, porque mientras que para la comunidad marcana esos son eventos en el futuro muy cercano, para la audiencia de Mateo son eventos que ya han ocurrido. La fecha en la que se escribió el evangelio de Marcos, antes o después del año 70, es uno de los temas que, se espera, ayude a clarificar este fragmento de papiro.

    



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