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"La columna del hermano José" - 5 new articles

  1. EL PAPA FRANCISCO: «PIDAMOS ACEPTAR LOS MOMENTOS DUROS, ACEPTAR EL ESTILO DIVINO DE LA SALVACIÓN»
  2. ÉL ES LA PALABRA
  3. LA ANUNCIACIÓN
  4. NO TE ACOSTUMBRES AL MILAGRO QUE ES DIOS
  5. REVESTIDOS DE TU PODER, SEÑOR
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EL PAPA FRANCISCO: «PIDAMOS ACEPTAR LOS MOMENTOS DUROS, ACEPTAR EL ESTILO DIVINO DE LA SALVACIÓN»


El Papa Francisco en la homilía matinal de este martes en la capilla de la residencia Santa Marta invitó a ser cristianos sin ´peros´, aprovechando las gracias que otorga la Semana Santa.

Señaló que ante la salvación que nos ofrece Dios de mil maneras, a veces tenemos “caprichos espirituales”, porque no sabemos aceptar “el estilo divino” y nos entristecemos, y deslizamos “en la murmuración”. Sucede hoy con tantos cristianos, como sucedía un tiempo con el pueblo judío salvado de la esclavitud, según nos cuenta la Biblia.

A partir del episodio propuesto en el Libro de los Números, el Papa recuerda que los judíos se rebelaban a las fatigas que conllevaba la fuga en el desierto, y del alimento “liviano” del maná, y entonces comenzaban a “hablar mal de Dios”, y muchos de ellos acabaron siendo mordidos por las serpientes venenosas.

Solamente la oración de Moisés que intercede por ellos y levanta un bastón con una serpiente -símbolo de la Cruz en la que será colgado Jesús- se volverá para quien lo mira la salvación del veneno.

“También nosotros cuantas veces encontramos que entre los cristianos están aquellos un poco envenenados porque descontentos de la vida. Sí, realmente, Dios es bueno, cristianos sí, pero... cristianos sí, pero..., que no terminan de abrir el corazón a la salvación de Dios y siempre ponen condiciones. ´Sí, pero...´. ´Sí, sí, sí, quiero ser salvado pero por este camino...´. Y así el corazón se envenena” dijo.

El Papa recuerda que “no aceptar el don de Dios con su estilo, eso es el pecado, eso es el veneno, nos envenena el alma y nos quita la alegría”. Jesús, afirma el Santo Padre, resuelve este problema subiendo al Calvario. “Él mismo toma sobre sí el veneno, el pecado. Y de esta tibieza del alma uno se cura solamente mirando la cruz, mirando a Dios que se asume nuestros pecados”.

Cuantos cristianos hoy, concluye Francisco, “mueren en el desierto de su tristeza, de su murmuración, por no aceptar el estilo de Dios”.

Y añade: “Miremos a la serpiente y su veneno, allí en el cuerpo de Cristo, el veneno de todos los pecados del mundo; y pidamos la gracia de aceptar los momentos difíciles. De aceptar el estilo divino de la salvación, de aceptar también este alimento liviano del que se lamentaban los judíos, de aceptar las cosas... de aceptar las vías por las cuales el Señor me lleva hacia adelante. Esta Semana Santa que inicia el domingo nos ayude a salir de esta tentación y de ´ser cristianos sin ´peros´...”.

    


ÉL ES LA PALABRA


"Pero lo que yo digo al mundo es lo que oí de aquel que me envió y él dice la verdad." (Jn 8,26)


En la primera lectura de hoy se nos muestra el pueblo murmurando en el desierto, la aparición de serpientes mortales y la serpiente de bronce que les salvaba cuando la miraban. Jesús toma hoy esa imagen y dice que "cuando levantéis en alto al Hijo del Hombre, entonces sabréis que yo soy." Se presenta como la salvación. Sólo Él puede mostrarnos de verdad quién es el Padre, porque Él es su enviado. Jesús nos muestra quién es Aquél que lo envió. Por nosotros mismos no podemos llegar a Dios. Jesús es la Palabra que habla al mundo. Es la Palabra de Dios.

    

LA ANUNCIACIÓN


La Anunciación es el primer capítulo del cumplimiento de las promesas de Dios a su pueblo. Con el “Salve, llena de Gracia” del Arcángel Gabriel y con el “Hágase en mí según tu Palabra” de la Virgen María comienza la acción redentora de Jesús en el mundo.

Nada se sabía de la Madre de Jesús. Vivía en Nazaret. Oculta a los ojos de los hombres, pero no a los ojos de Dios. Más adelante contará Ella misma los hechos que la llevan a la maternidad, y a descubrir su vocación y su misión en la vida y en los planes de Dios.

Hasta la anunciación del arcángel Gabriel, María de Nazaret era una mujer israelita perfectamente desconocida. Su vida trasciende la historia por el libre y amoroso cumplimiento de la misión que le fue asignada desde la eternidad y que Ella conoció a través del arcángel.

Nace en una familia de la tribu de Judá; sus padres se llaman Joaquín y Ana. Diversas tradiciones nos la sitúan muy pequeña en el Templo donde aprende la Sagrada Escritura a un nivel no usual a las mujeres de Israel. Pero lo importante era su trato con Dios desde el principio. En su infancia, o primera adolescencia, es cuando percibe con claridad que Dios le pide vivir virgen por amor a Dios. Su vida de oración es intensa para poder descubrir algo infrecuente: la entrega total prescindiendo de algo tan bueno, y tan bendecido por Dios en todos los libros santos y en la conciencia de los humanos, como el matrimonio y la maternidad. Pero Dios quería de Ella ese modo de vivir que es amar con el corazón indiviso, sin anticipos de cosas buenas, en oblación total. Más adelante, Jesús dirá que no todos entienden estas cosas. Pero Ella entiende porque, aunque no lo sepa, desde su concepción tiene un privilegio especialísimo: no estar afectada por el pecado original y estar, por tanto, llena de la gracia de Dios. Ella es amada de Dios de un modo nuevo, en previsión de los méritos del que será su Hijo. Ella no lo sabe, pero sí sabe que tiene una gran intimidad con Dios, que le ama de un modo pleno, que bebe sus palabras y sintoniza plenamente con el querer divino.

Cuando cumple trece años, sus familiares, siguiendo las costumbres del momento, deciden poner los medios para que se case del mejor modo posible. Para eso miran entre los varones de la tribu, y descubren uno que tiene todas las condiciones: José, vecino también de Nazaret. Era justo, es decir, cumplidor de la ley, honrado, trabajador, piadoso. Un buen hombre a ojos de todos, que puede encajar muy bien con el carácter de María. Los planes de Dios siguen su curso. Ahora podrá ser Madre virginal protegida a los ojos de todos por el Matrimonio con José.

Al poco tiempo acontece uno de los momentos culmen de la historia de los hombres. María está en su casa, probablemente, recogida en oración. Cuando, de repente entró un ángel. Quizá es una aparición con el resplandor de los que están en la vida eterna cerca de Dios, quizá es más sencillo. Poco importa el modo; pues lo sorprendente son sus palabras:” Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué significaría esta salutación”(Lc).

Aquel fue un momento solemne para la historia de la humanidad: se iba a cerrar el tiempo del pecado para entrar en el tiempo de la gracia; se pasa del tiempo de la paciencia de Dios al de mayor misericordia. La creación entera está pendiente del sí de una joven israelita. Es un momento de gran alegría en los cielos y en la tierra, llega al mundo un gran amor divino. Dios habita en su alma de un modo pleno, gozoso, amoroso. Ella es la hija de Dios Padre que siempre ha correspondido al querer de Dios. María se sorprende, pero sin perder la serenidad, pues reflexiona sobre el significado de estas palabras. Respeto y sorpresa. “¿Es de Dios lo que oigo?”.

El ángel, llamado Gabriel, nombre que significa “fuerte ante Dios”, espera; y tras un breve silencio, pronuncia las palabras de su embajada: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin”(Lc).tura para las vocaciones de divinas, es como decir: escucha con atención, lo que vas a oír es Palabra de Dios. Y luego la gran sorpresa: por especial gracia de Dios concebirá, dará a luz,

El “no temas” es la introducción que usa la Escripondrá por nombre al futuro rey de Israel, al Hijo de David que tendrá un reino eterno. El momento tan esperado en Israel de la venida de un salvador ha llegado. La virgen profetizada por Isaías es Ella. Comienzan, si María quiere, los tiempos tan esperados de la gran misericordia de Dios.

María escucha, piensa, y pone una objeción no de resistencia, sino de no entender como Dios le puede pedir dos cosas que son incompatibles para el ser humanos: la virginidad y la maternidad. ¡Era tan clara la llamada a ser virgen!

“María dijo al ángel: ¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?”. “Respondió el ángel y le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre tí y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo, será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que era llamada estéril, hoy cuenta ya el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible”(Lc). El ángel ha respondido a la duda, María ve, ahora, la llamada anterior compatible con la maternidad que se le pide. Dios quiere que su Hijo no sea un hijo de la carne con un padre humano, sino sólo de Mujer. La única Mujer totalmente dócil a su querer.

El tiempo se detiene. María reconoce el querer de Dios para Ella: su colaboración libre en una empresa divina. Percibe que su maternidad va ser de una calidad especial; ser la madre del Rey de Reyes, del Salvador, pero sobre todo ser madre del Hijo del Altísimo, ser madre de Dios; porque la maternidad hace referencia a la persona, y Ella introducirá al Hijo sempiterno en la vida de los hombres. María tuvo que ser plenamente consciente de lo que estaba pasando y de lo que se le pedía: no será un elemento pasivo en la gran tarea de la redención. Y, desde una inteligencia preclara, sin la tiniebla del pecado, ve con claridad meridiana la grandeza de lo que se le pide. Aunque tendrá conocimiento más claro en la profecía de Simeón. Pero ve, sobre todo, el gran derroche de Amor en el mundo. El mundo espera su respuesta. La espera Adán y Eva desde el seol, la esperan los patriarcas, los ángeles, el cielo está en suspenso ante la respuesta de María. Los segundos se hacen eternos. Cuando de pronto surge de su boca el sí con acentos de entrega y fe consciente y amorosa:

“Dijo entonces María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia”(Lc).

Y el Verbo se hizo carne en sus entrañas virginales. El Espíritu forma la humanidad de Jesús y la une al Verbo. La Humanidad llega a su punto más alto: Dios se ha unido al hombre en Jesús. No hay cumbre mayor a partir de entonces. Y el gozo embarga el corazón de María llena de Dios, que además de hija de Dios Padre, es, desde entonces, Madre de Dios Hijo.

Reproducido con permiso del Autor,

Enrique Cases
    


NO TE ACOSTUMBRES AL MILAGRO QUE ES DIOS


Martes quinta semana de Cuaresma. No pierdas la capacidad de apreciar lo que significa la presencia de Dios en tu vida.

Por: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net

Nm 21, 4-9
Jn 8, 21-30


La Cuaresma, como camino de conversión y de transformación, es al mismo tiempo, una exigencia de una firme decisión de frente a Dios nuestro Señor. La Cuaresma nos pone delante lo que nosotros tenemos o podríamos elegir: con Dios o contra Él; junto a Él o separados de Él. Esta decisión no simplemente se convierte en una elección que hacemos, sino es una decisión que tiene una serie de repercusiones en nuestra vida.

El ejemplo de la Serpiente de Bronce que nos pone el Libro de los Números, no es otra cosa sino una llamada de atención al hombre respecto a lo que significa alejarse de Dios. Cuando el pueblo se aleja de Dios aparece el castigo de las serpientes venenosas. Dios, al mismo tiempo, les envía un remedio: la Serpiente de Bronce.

En ese mirar a la Serpiente de Bronce está encerrado el misterio de todo hombre, que tiene que terminar por elegir a Dios o por apartarse de Él. Está en nuestras manos, es nuestra opción el hacer o no lo que Dios pide.

Esta misma situación es la que vivían los hebreos de cara a Dios en medio de las adversidades, en medio de las dificultades: los hebreos se encontraban en el desierto y estaban hartos del milagro cotidiano del maná y de las dificultades que tenían, lo que hace que el pueblo murmure contra Dios. Algo semejante nos podría pasar también a nosotros: ser un pueblo que se acostumbra al milagro cotidiano y acaba murmurando contra Dios, como les pasó a los judíos de la época de nuestro Señor: acostumbrados, se cegaron al milagro que era tener frente a ellos, ni más ni menos, que a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

También nosotros podemos ser personas que acaban por acostumbrarse al milagro: El milagro «tan normal» de la vida de Dios en nosotros a través del Bautismo y a través de la Eucaristía. El milagro «tan normal» del constante perdón de nuestro Señor a través de la confesión, a través de nuestro encuentro con Él. El milagro «tan normal» de la Providencia de nuestro Señor que está constantemente ayudándonos, sosteniéndonos, robusteciendo nuestro corazón.

Y cuando uno se acostumbra al milagro, acaba murmurando, acaba quejándose, porque ha perdido ya la capacidad de apreciar lo que significa la presencia de Dios en su vida. Ha perdido ya la capacidad de apreciar lo que puede llegar a indicar la transformación que Dios quiere para su vida.

La Cuaresma son cuarenta días en los cuales Dios nos llama a la conversión, a la transformación. Cada Evangelio, cada oración, cada Misa durante la Cuaresma no es otra cosa sino un constante insistir de Dios en la necesidad que todos tenemos de convertirnos y de volvernos a Él. Sin embargo, pudiera ser que nos hubiésemos acostumbrado incluso a eso; como quien se acostumbra a ser amado, como quien se acostumbra a ser consentido y se transforma en caprichoso en vez de agradecido, porque así es el corazón humano.

La constante llamada a la conversión, la constante invitación a la transformación interior —que es la Cuaresma—, nos puede hacer caprichosos, superficiales e indiferentes con Dios, en lugar de hacernos agradecidos. Y, cuando se presenta el capricho, aparece la queja y la rebelión en contra de Dios, y aparece también la ceguera de la mente y la dureza de la voluntad: “Ellos no comprendieron que les hablaba el Padre”. Los judíos habían llegado a cerrar su mente y endurecer su voluntad de tal manera que ya ni siquiera comprendían lo que Jesucristo les estaba queriendo transmitir. ¡Qué tremendo es esto en el alma del hombre! ¡Qué efectos tan graves tiene!

Jesús, en el Evangelio de hoy, nos dice: “Si no creen que Yo soy, morirán en sus pecados”. En la vida no tenemos más que dos opciones: abrirnos a Dios en el modo en el cual Él vaya llegando a nuestra vida, o morir en nuestros pecados. Es la diferencia que hay entre levantarse o quedarse tirado; entre estar constantemente superándose, siguiendo la llamada que Dios nuestro Señor nos va haciendo de transformación personal, de cambio, de conversión, o vernos encerrados, encadenados cada vez más por nuestros pecados, debilidades y miserias.

Preguntémonos: ¿Dónde encuentro dificultades para superarme? ¿En mi psicología, en mi afectividad, en mi temperamento, en mi amor, en mi vida de fe, en mi oración? Muy posiblemente lo que me falta en esa situación no sea otra cosa sino la capacidad de poner a Dios nuestro Señor como centro de mi existencia. Creer que Cristo verdaderamente es Dios, creer que Cristo verdaderamente va a romper esa cadena. Recordemos que Cristo necesita de nuestra fe para poder romper nuestras cadenas; Cristo necesita de nuestra voluntad abierta y de nuestra inteligencia dispuesta a escuchar, para poder redimir nuestra alma; Cristo necesita nuestra libertad.

Quizá en esta Cuaresma podríamos haber seguido muchas tradiciones, hecho ayuno, vigilias, sacrificios y oraciones, pero a lo mejor, podríamos habernos olvidado de abrir nuestra libertad plenamente a Dios. Podríamos habernos olvidado de abrir de par en par nuestro corazón a Dios para dejar que Él sea el que va guiándonos, el que nos va llevando y el que nos libra —como dice el Evangelio— de morir en nuestros pecados. Es decir, el que nos libra de la muerte del alma, que es la peor de todas las muertes, producida no por otra cosa, sino por el encadenarse sobre nosotros nuestras debilidades, miserias y carencias.

No hay otro camino, no hay otra opción: o rompemos con esas cadenas, creyendo en Cristo, o nuestra vida se ve cada vez más encerrada y enterrada. A veces podríamos pensar que el egoísmo, el centrarnos en nosotros, el intentar conservarnos a nosotros mismos es una especie de liberación y de realización personal y la única salida de nuestros problemas; pero nos damos cuenta que cuanto más se encierra uno en uno mismo, más se entierra y menos capacidad tiene de salir de uno mismo.

El Evangelio de hoy nos dice al final: “Después de decir estas palabras, muchos creyeron en Cristo”. Después de que Cristo habla de la presencia de Dios en su alma y en su vida, la fe en los discípulos hace que ellos se adhieran a nuestro Señor. Vamos a preguntarnos también nosotros: ¿Cómo es mi fe de cara a Jesucristo? ¿Cómo es mi apertura de corazón de cara a Jesucristo? ¿Cuál es auténticamente mi disponibilidad? ¿Soy alguien que busca echarse cadenas todos los días, que busca encerrarse en sí mismo, que no permite que Dios nuestro Señor toque ciertas puertas de su vida?

No olvidemos que donde la puerta de nuestra vida se cierra a Dios, ahí quien reina es la muerte, no la superación; ahí quien reina es la oscuridad, no la luz. A cada uno de nosotros nos corresponde el estar dispuestos a abrir cada una de las puertas que Dios nuestro Señor vaya tocando en nuestra existencia. Estamos terminando la Cuaresma, preguntémonos: ¿Qué puertas tengo cerradas? ¿Qué puertas todavía no he abierto al Señor? ¿En qué aspectos de mi personalidad no he permitido al Señor entrar?

Ojalá que nuestro Señor, que viene a nuestro corazón en cada Eucaristía, sea la llave que abre algunas de esas puertas que podrían todavía estar cerradas. Es cuestión de que nuestra libertad se abra y de que nuestra inteligencia nos ilumine para poder encontrar a Dios nuestro Señor; para poder librarnos de esa cadena que a veces somos nosotros mismos y que impide el paso pleno de Dios por nuestra vida.

Se acerca la Pascua, que es el paso de Señor, el momento en el cual Dios pasa entre su pueblo para liberarlo de sus pecados, nuestras puertas deben estar abiertas. Ojalá que el fruto de esta Cuaresma sea abrirnos verdaderamente a nuestro Señor con generosidad, con libertad, con la inteligencia que nos es necesaria para seguirlo sin ninguna duda y sin ningún miedo, para que Él nos entregue la vida eterna que Él da a los que creen en Él.
    

REVESTIDOS DE TU PODER, SEÑOR


Ninguno de nosotros tenemos ningún poder…, si algo o alguien, tiene algo de poder, solo lo tiene porque Dios se lo ha dado. Al comentario de Pilatos acerca de su poder, el Señor le dijo: 10 Pilato le dijo: ¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?11 Jesús le respondió: Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave”. (Jn 19,10-11). Es una completa falacia, lo que está escrito en muchas constituciones de las antiguas naciones cristianas, en las que redactadas por políticos no cristianos, agnósticos o masónicos, en las que se dice que el poder emana del pueblo.

            Desgraciadamente gran parte del pueblo está, guiado por los políticos, sean de la tendencia que sean, que se quieren atribuir para sí, un poder no emanado de Dios sino de unas urnas de papeletas electorales, que deciden lo que es verdad y lo que es mentira, y a eso le llaman democracia, termino tabú que para ellos justifica lo injustificable. La Verdad solo la tiene Dios no la democracia de las urnas. También claramente le contestó a Pilatos: "37 Le dijo entonces Pilato: ¿Luego tú eres rey? Respondió Jesús: Tú dices que soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye mi voz. 38 Pilato le dijo: ¿Y qué es la verdad? Y dicho esto, de nuevo salió a los judíos y les dijo: Yo no hallo en éste ningún delito”. (Jn 18,37-38). Pilatos era al fin y al cabo un escéptico político, y como político, amigo del relativismo. Pero más claramente después de su resurrección el Señor, contestando a Santo Tomás les dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”. (Jn 14, 6).

Dios es el Todo de todo y nosotros somos la nade de la nada. Solo nuestra soberbia alimentada por las actuaciones demoniacas nos hace creer, que somos algo y que tenemos bastante más de lo que nos aprecia la gente. ¡Ignorante creído! eres polvo y en polvo te convertirás. No dice San Agustín: Pero… ¿qué tienes tú que no hayas recibido?Y de lo que has recibido darás cuenta, Tus genialidades, tus conocimientos, tus bienes tus habilidades, tu capacidad para los negocios, tus dones… Nada es tuyo, todo lo has recibido y tendrás que dar cuenta, del uso que de ello has efectuado.

Puedes usar, de lo que se te ha dado en depósito, pero darás cuenta de su uso y de su mal uso. Guárdate de ambicionar, ni al dios poder y al dios dinero y si por voluntad divina, te vieses en posesión de poder o de dinero, no olvides que sobre todo y ate todo debe de estar para ti en primer lugar tu amor al Señor, tu amor al Señor, si de verdad le amas, debe d estar siempre por encima de todo. No caigas en el error, al que sin duda te llevarán las actuaciones demoniacas que a todos nos envuelven, de anteponer tu escala de valores, cuya cúspide siempre ha de ser tu amor a Quien todo lo puede, se lo debes,, porque lo que eres y lo que tienes se mucho o poco no te pertenece, un día que tú no conoces, lo tendrás que dejar todo. Nosotros todos estamos aquí revestidos del poder sea mucho o poco que Dios ha querido confiarnos. Estas aquí en observación, para ver si eres capaz o no de superar la prueba de amor a Dios, por razón de la cual aquí te encuentras.

Señor Tu eres el Todo de todo: “¿Dónde hallar fuerza para glorificarle? ¡Que Él es el grande sobre todas sus obras! Temible es el Señor, inmensamente grande, maravilloso su poderío”. (Sir-Ecl. 43, 28-29). "6 Todo cuanto agrada a Yahvéh (YHWH), lo hace en el cielo y en la tierra, en los mares y en todos los abismos”. (Sal 135, 6). Y en el salmo 126, se canta la omnipotencia divina cuando se nos dice: “1 Si el Señor no construye la casa,/ en vano se cansan los albañiles;/si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. 2 Es inútil que madruguéis,/ que veléis hasta muy tarde,/que comáis el pan de vuestros sudores:/ ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!”. (Sal 126,1-2).

¿A quién acudiremos? San Pablo nos contesta: "20 ¡A Dios que puede hacer infinitamente más de lo que podemos pedir o pensar, por el poder que obra en nosotros, 21 a él sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, por todas las generaciones y para siempre! Amén”. (Ef 3,20-21). Leen Edward, nos habla de la incomprensible para nosotros, grandeza de Dios y no dice: “Si las obras de Dios fueran tales que la humana razón pudiera comprenderlas fácilmente, no serían en verdad cosas maravillosas, ni por lo mismo merecerían el calificativo de inefables”. A los hombres les es difícil comprender la omnipotencia y grandeza de Dios, primeramente porque su soberbia no está predispuesta a la aceptación. de lo que se encuentra sobre él. Una vez un amigo mío, refiriéndose a otro amigo que los dos conocíamos me decía: Es un hombre muy listo, tan listo que casi me alcanza a mí. Por otro lado, la absoluta limitación del hombre frente a la omnipotencia divina, le hace al hombre creer que la grandeza de Dios consiste precisamente en que puede hacer, lo que los hombres nos resistimos a creer que es capaz de hacer.

Dios lo puede todo y tal como escribía un autor, si existe algo que Dios no pueda hacerlo, es que ese dios ya no es Dios. La omnipotencia divina, escribe René Laurentín, no es caprichosa ni arbitraria, es coherente, y coherente según el amor. No es posesiva ni dominadora, sino creadora de la libertad misma. Así ha querido que los hijos no sean simples emanaciones o copias de sus padres, sino libertades con las que ellos deben contar. Se deja dar jaque por nuestras libertades.

Sobre este tema de la grandeza y omnipotencia de Dios, escribía antes de ser Benedicto XVI, el cardenal Ratzinger diciéndonos: “¿No estamos todos solapadamente, en mayor o menor medida, contaminados de deísmo? Pensamos que Dios está demasiado lejos, que no toma parte en nuestra vida diaria; por ello hablamos de lo próximo, de lo práctico. Jesús nos dice; no Dios está aquí, en la sed de infinitud. Dios es la primera palabra del Evangelio, aquella que cambia nuestra vida si confiamos en ella; y esto tiene que decirse con una fuerza completamente nueva, desde la plenitud de Jesús, en el interior de nuestro mundo”.

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

Juan del Carmelo
    


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