Your email updates, powered by FeedBlitz

 
Here is a sample subscription for you. Click here to start your FREE subscription

"Cosecha de mundos" - 3 new articles

  1. Capítulo II. El estudio de Cambridge. Parte I
  2. Capítulo I. De vuelta a Inglaterra. Parte III
  3. Capítulo I. De vuelta a Inglaterra. Parte II
  4. More Recent Articles
  5. Search Cosecha de mundos

Capítulo II. El estudio de Cambridge. Parte I

Wilfred Bassey esperaba a Peggy cerca de la entrada principal de la estación. Era un hombre alto, delgado, de porte algo señorial y aparentemente reservado, pero a la vez sereno y seguro, desprendiendo una sigilosa juventud y vitalidad; ojos azul grisáceo oscuro tras unas gruesas lentes, y cabello oscuro. En ese momento estaba mirando su reloj de bolsillo, algo más grande de lo habitual, dorado.





En ese momento, dejó de mirar su reloj para dirigirse hacia una muchedumbre que procedía de los andenes, fijándose por el flanco izquierdo, y ella apareció por su derecha. Cuando se vieron, se abrazaron, y Wilfred recogió la mayoría del equipaje de Peggy.
-¿Qué tal el viaje?
-Igual que cualquier otro viaje en tren, querido... ¿Siempre están haciendo obras en esta estación?
-Sí, así es... Cambridge cada vez es más importante -llegaron ante el automóvil de Wilfred- ¿Qué te parece?

Era un automóvil de carrocería marrón y negra, con dibujos y relieves, guardabarros dorados y grandes ruedas negras, engomadas en caucho, de radios finos, con formas elegantes. Tenía un capó replegado y por detrás de ese capó salían dos finas chimeneas doradas. Era de cuatro plazas forradas en cuero marrón, y tenía el motor de vapor justo detrás, aunque aparentaba pequeño. Tenía unas aberturas verticales similares a las branquias de un tiburón cerca del guardabarros trasero. Sin embargo, era en relación a otros modelos algo pequeño, y aparentaba ligero. Peggy estaba maravillada.

-Me parece que el diseño más técnico es tuyo, tengo ganas de ver cómo funciona, pero dudo que lo hayas decorado tan bien. Es... bonito.
-Gracias, Lady Helen Margareth Carley... ¿Así que no soy capaz de hacer eso que tú dices? Te vas a comer las palabras... Oh, sí, desde luego. En el estudio tengo las pruebas.
-Pues entonces estoy impresionada... Pero no me vuelvas a llamar así... Veamos cómo funciona.

Habían dejado la mayoría del equipaje en los asientos de detrás.
-Vaya, el motor ha comenzado a bajar de temperatura... -suspiró Wilfred mientras se colocaba unas gafas de conductor doradas. Entonces bajó una pequeña palanca y pulsó un botón. Un leve siseo se escuchó, y seguidamente pulsó otro botón. Las aberturas traseras dejaron ir un vaho de vapor, y la chimenea más grande comenzó a emanar considerable cantidad de vapor. Peggy estuvo atenta a todas estas acciones, desde su posición de copiloto.
-Vaya, estoy maravillada. Apenas vibra, es muy estable.
-Querida: estabilidad "Bassey". Lo malo es que aun no consigo un sistema más efectivo y rápido de encendido del combustible, así que he tenido que dejarlo encendido. Lo bueno: nadie apenas oía que estaba encendido. Tiene un condensador especial que a relativas bajas temperaturas recoge el...
-Bueno, Wilfred, estás tardando lo que tardaría en encenderse. -interrumpió Peggy.

Su coche desfiló por toda Hills Road. Se cruzaban con varios coches a caballo, y algunos otros coches a vapor, pero parecían ir más lentos.
-Eh, Wilfred -espetó Peggy- ¿a qué velocidad puede llegar?
-Eh,... aun no lo he probado a máxima potencia, pero estamos yendo a 4o km/h y aun no está ni caliente.
-¿Kilómetros por hora?
-Sí, estoy usando el Sistema Internacional de Unidades -gritaba mientras conducía.

El coche continuó por Hills Road hasta divisarse algunas facultades, colegios y jardines de la Universidad de Cambridge, y giró a la derecha por Park Terrace, para girar nuevamente a una calle más estrecha a la izquierda, a Victoria Street.

Vivía en una pequeña casa con un pequeño jardín no destacable, pero sí bien cuidado. Wilfred llevó el coche hasta un rincón del jardín, con sumo cuidado, entre una especie de cobertizo creado por enredaderas que trepaban por alambres forjados de hierro. Colocó el automóvil encima de una plataforma de madera, lo apagó. Wilfred se bajó, y cuando Peggy hubo bajado, le pidió que mirara si había alguien del vecindario mirando.
-¿Por qué?
-Tú hazlo y dime si alguien.

No había nadie. Wilfred estiró de la pared algo, y aparecieron cuatro guías de bronce por esquina de la plataforma de madera. Entonces el automóvil comenzó a hundirse hacia un subterráneo, mientras se escuchaba suavemente un mecanismo.

-¿Y esto? -preguntó bastante sorprendida Peggy. -¿Desde cuando escondes cosas bajo suelo? ¿Por qué?
-Muy bien Peggy, a partir de ahora, lo que vayas a ver, oir, tocar, notar en tu piel, respirar o lo que sea, no puede salir de tu boca o de tus manos, o de tu mente, ¿comprendido? -dijo suave pero enérgicamente Wilfred, agarrando las muñecas de ella. Ella asintió, con cara de suma consternación. No conocía esa nueva faceta de la vida de su primo, tan misteriosa.

Wilfred buscó en su bolsillo una llave. Era una llave especial, como de seguridad. La introdujo en la puerta y a Peggy le pareció oir unos mecanismos, pero no estaba segura, eran demasiado débiles.


Capítulo I. De vuelta a Inglaterra. Parte III


Ada no se inmutó, obviamente, pero Peggy asió su mano y le indicó que bajaría. Ada optó por quedarse. Peggy, antes de abandonar la habitación se llevó consigo una caja grande metálica.





Una vez abajo vio a su hermana Adelaide, junto a su marido Terry y a su hijo que nunca había conocido hasta entonces Peggy. Tenía apenas un año, y ya era un niño risueño.

Adelaide vio a su hermana y sonrió. -¡Peggy! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo va todo por la Índia?
Se abrazaron y Peggy le contestó:- Bien, todo calmado.
-¿Has visto ya a Wilfred? ¿Has visto el sistema de calefacción que nos ha instalado? Ya no pasamos frío.
-Sí, ya lo he visto, es un genio... ¿Me dejas coger al pequeño?
-Oh, querida, aun no lo habías conocido en persona... Se parece a nuestro padre -dijo algo conmocionada.

Ciertamente, a pesar de ser tan pequeño, parecía una pequeña caricatura de su padre. Y también parecía advertir un futuro emprendido por la curiosidad. Peggy había dado el paquete metálico a cambio del niño, a su hermana.
-¿Y esto?
-Es para tía Margareth. Es té, un té que no se encuentra fácilmente en Inglaterra, ni en Europa, pero de calidad excepcional... Oh, es un encanto -Peggy jugueteaba con el niño-, Joseph...
-Al final se llama Joseph Albert, igual que nuestro padre. -entonces miró Peggy a Adelaide con melancolía.- Y también Lucius, como el padre de Terry. -Peggy suspiró, y devolvió Joseph a los brazos de su madre.
-También te he traído algunas cosas de la Índia. Y para el pequeño Joseph. No le digas nada a tía -aprovechando su ausencia- pero es un amuleto hindú. -acompañó con una sonrisa.

Dejó el paquete de té en la mesa del recibidor, junto a su sombrero, y acompañó a su hermana hasta, de nuevo, la planta superior. Terry no la acompañó, sino que se dirigió a la sala de estar, ante el hogar.

Adelaide acunó a su niño, y salió de su habitación.
Adelaide recuperó una seriedad más habitual de su época estudiantil.
-¿Qué te ha llevado volver a estas tierras tan frías? -Peggy notó el calor que Wilfred había instalado en toda la casa. Sabía que se refería más concretamente a Kettering su hermana.
-He venido para saludar y veros. Mañana iré a Cambridge y...
-Para visitar a Wilfred, y de nuevo irte. Peggy, llega un momento en que deberías sentar cabeza.
Peggy la miró fijamente.
-¿Sentar cabeza? Desde luego, desde que decidiste casarte con ese est... Terry y quedarte en Kettering con tía Margareth, has cambiado muchísimo.
-¿Pero es que no te das cuenta, querida? Es la naturaleza de la mujer. Me di cuenta sobre todo cuando tuve a Joseph...
-¿Naturaleza de la mujer? ¿Quién dijo eso? ¿Quién dijo que existía eso, quizá Darwin, o quizá nuestra docta tía Margareth junto a toda la sociedad?
-No es eso... ¿Sabes qué dicen? Creen a veces que estás muerta, o rumorean la mala vida que podrías llevar allí. Incluso alguna vez llegaron a decir que incluso colaboraste con los cipayos en la Índia...
-Cipayos, que sabrán ellos... ¡Si fue antes que yo naciera!
-Da lo mismo. Alguna vez se burlan diciendo que parezco yo la hermana mayor de la familia... Y a veces creo que tienen razón. Deberías tomar tú las riendas de la casa, y de la familia, no yo, ni tía Margareth, ni Terry, que se ha convertido en el hombre de la casa. Nos gustaría a Terry y a mí abandonar esta casa, e irnos a vivir a Manchester, o a Liverpool.
-Veo que los intentos de contrarrestar la frialdad de esta casa no le han servido de nada a Wilfred. Ya se lo diré cuando le vea.
-Peggy -bajó la mirada Adelaide, y juntó sus manos.- Sé que eres quien más le ha costado afrontar la muerte de padre y de Isaac, sobre todo porque eres la mayor...
-¡No es eso! - Peggy se excitó de sobremanera, frunciendo el ceño fuertemente.
-¡Sht! ¡Despertarás a Joseph!
-He ido a afrontar la labor que padre no pudo acabar, y a mejorarla.
-La filantropía no alimenta ni conduce a una familia. Además tienes veintisiete años y aun no te has casado siquiera.
-Addie. No hay más que hablar. Definitivamente tenemos maneras de pensar diametralmente opuestas. Te quiero como hermana, y dejemos de discutir. Trátame de loca, si lo prefieres. Mañana me volveré a ir, y a veces creo que tengo menos motivos para volver, sino fuera por Ada, y por el pequeño Joseph... -bajó la mirada Peggy, y Adelaide se quedó mirándola. La abrazó y susurró "eres como papá". Sus ojos quedaron húmedos.
Peggy agarró la mano de Adelaide y la llevó a su habitación.

Ada ya no estaba. Peggy buscó de nuevo entre su equipaje, y obsequió a su hermana con unas telas indias de gran calidad, y otro sobrecito "Procura que Ada siga las instrucciones. Le di también semillas, pero de otra especie. Le pediré a Wilfred que os construya alguna especie de invernadero pequeño para casa". Peggy estaba realmente ausente, y también le dio un amuleto, en realidad turco, que no entendió como llegó hasta la Índia. Una cuenta de cristal azul con un punto negro en el centro. "Me contaron que esto protege de cualquier mal a los niños. Haz con ello lo que te plazca".

La hora de la cena llegó, y todo fue muy mudo y frío, hasta el sonido de la cubertería al chocar con la vajilla parecía que formaba parte del mismo pesado silencio. Peggy ya pensaba en irse hacia Cambridge. Recordaba otro motivo por el que decidió continuar el camino de su padre.


Capítulo I. De vuelta a Inglaterra. Parte II



En poco tiempo llegaron a su casa, al noroeste de Kettering.
El conductor ayudó a Peggy con todo su bagaje. Llegaron a la puerta, y antes de otra acción, Peggy pagó correctamente al conductor por sus servicios.





Mientras observaba como el conductor comprobaba de nuevo el pago, subía a su asiento, cogía las riendas del caballo, Peggy pensaba en todo lo que había dejado atrás, temporalmente.
Los galopes se alejaban, y Peggy observaba todo su alrededor: el roble viejo permanecía a la izquierda de la casa. La casa continuaba igual que siempre. Era una casa no muy grande, modesta para un lord.

Peggy era una joven de veintisiete años, aunque aparentaba tener cinco años menos. Su figura era esbelta, y prescindía de los laboriosos y compresores corsés: en realidad llevaba uno a medida que sólo le sujetaba lo que le tenía que sujetar. Llevaba una falda gris abotonada en los laterales, con un pequeño polisón cómodo. Llevaba una chaqueta de lana, y lamentaba que no calentara más. Además, llevaba un sobretodo que le cubría el cuello de su camisa blanca, y un sombrero con un pequeño ornamento floral violeta, y un lazo negro. Llevaba el pelo largo, sedoso, oscuro, medio recogido, y la negrura de su cabello contrastaba con la palidez de su tez, aunque los ingleses percibieran algo tostada por el Sol, y sus ojos grises y grandes hacían de mediador entre tanta contradicción cromática. Sus labios eran estrechos, algo gruesos, y en ese momento estabn palidecidos por el frío inglés.

Finalmente se decidió, y tocó el timbre. La misma campana melodiosa de siempre. Tardaron dos minutos en abrirle. Su tía se quedó mirándola, tercamente, con una mueca de disgusto e incluso rencor.
-Lady Helen Margareth ¿Qué haces aquí?
-Esta es mi casa. Puedo venir cuando lo desee -contestó Peggy.
-Además de ausentarte de tus obligaciones como señora de la casa, de tus obligaciones como heredera de las posesiones de tu padre, y de tu posición como mujer, te olvidas hasta de tus modales... -contestó sardónicamente.
-No hace falta que continúe, tía. Permítame entrar. -atravesó a su vetusta tía Margareth con su mirada fría y gris como el mismo día. Ella la dejó entrar, no sin reservas.

Peggy fue depositando todo su equipaje en el hall, dejó su sombrero en la mesita bajo el espejo, y miró en la sala de estar, a su izquierda. La mayor parte del calor procedía de esa sala, más concretamente del hogar, normalmente, pero extrañamente se encontraba más cálida la casa, y la temperatura era más homogénea. Se fijó instintivamente en los bordes inferiores de las paredes, y observó unas tuberías de bronce. Tenía pequeños filtros de donde salían hilillos de vapor que rápidamente se difuminaban en el aire. Su tía vio la observación de su sobrina.
-Tu primo Wilfred hace tres meses...Vino y lo instaló. Ya sabes cómo es, tan... aislado en su mundo de cachivaches. Yo no lo habría permitido, pero dijo que tú le dabas el consentimiento. -Su tía, dicho esto, se adentró hacia la sala de estar. Wilfred era como un hermano para Peggy. Tenían la misma edad, con una mínima diferencia de dos meses, y además tenían gran similitud física. Peggy pensó que debía visitarle prontamente, en Cambridge. -¿No saludas a tu hermana? -increpó su tía.

Allá se encontraba su hermana, la menor de los cuatro hijos. En realidad eran hermanastras, fruto de un segundo matrimonio de su difunto padre, y se notaba en los largos, rizados y rubios cabellos, y unos pequeños labios gruesos. Se llamaba Ada. Lucía un traje polisón verde que envolvía su cuerpo de diecisiete años, de complexión robusta, y estaba haciendo labores en punto de cruz. Cuando Ada vio a Peggy, saltó de un bote y la abrazó. Era sordomuda, pero pronto se hizo entender "¿Me has traído regalos?" Peggy asintió con una dulce sonrisa, y le indicó que más tarde se los daría.

Peggy preguntó a su tía donde estaba su otra hermana.
-Ha ido al entierro del alcalde. ¿Te enteraste?... Una situación morbosa que no cabe entrar en detalles, y menos conocer los motivos de su defunción. Terry la ha arrastrado, pues está haciendo de representación de la familia... -dijo esto último, su tía, remarcando lo que a su parecer debiera estar haciendo Peggy.

Peggy recordó al estúpido de su cuñado. No entendía cómo podía haber seducido a su hermana un año menor que ella. Se parecían bastante, incluso en carácter, pero Adelaide, su hermana, seguramente era mucho más hogareña y pasiva. Aun así su hermana tenía conocimientos de química: fueron prácticamente juntas a la Universidad de Cambridge, pero sólo Peggy pudo acabar la carrera en ciencias químicas.

Su cuñado era un primo segundo que se parecía a la tía Margareth, tanto en carácter como incluso físicamente, la misma tía que había recibido tan "calurosamente" a Peggy. Alto, delgado y fino, de modales austeros y carácter inglés muy cerrado, aunque se debía reconocer que era un hombre de rasgos atractivos. Probablemente fue ese el motivo por el que su hermana Adelaide se casó con Terry.

Tras tantas observaciones, Peggy cogió la suave y blanca mano de Ada, le pidió ayuda con los equipajes, y subieron hasta la habitación donde Peggy creció. Cerró la puerta, y Ada se sentó en la cama de Peggy. Peggy, mientras tanto, rebuscó entre su equipaje, y finalmente encontró los regalos para Ada, su hermana adorable.
Sacó un collar. No era un collar al que Ada estaba acostumbrada a ver en Inglaterra, y sabía que era algo de la Índia. Era de plata, de eslabones que encajaban a la perfección, pero que parecía, cada eslabón, a su vez cuentas orientales. Luego sacó un sobre pequeño de cuero, y de su interior descubrió unas semillas. Le dio a Ada un papelito donde decía la especie, un tipo de orquídeas, e indicaba condiciones de plantación y mantenimiento. Ada quedó muy contenta, con ojos muy brillantes.

Abajo el timbre sonó.


More Recent Articles



Click here to safely unsubscribe now from "Cosecha de mundos" or change your subscription or subscribe